General, Mecánica potencial

Intervenir o abstenerse

Las interpretaciones que se hacen de las obras las afectan. Se vuelven intervenciones al objeto, que nunca será el mismo. Ya no será posible leer el Mahábharata, por ejemplo, sin recordar la versión fílmica que realizó Peter Brook a partir del texto épico. Ahí no está la obra ni lo es en sí misma. Es un delta que se aleja pero que lleva la esencia del afluente principal: es una derivación. La fuerza y facilidad de transmisión de la imagen hace que concluya hipnótica. Un diálogo de dos personas que representan a dioses cósmicos tiene más fuerza que mil páginas que narren el encuentro. Tanta espesura limita la cercanía del lector. Intervenir no es plagiar y menos aún una confesión de falta de creatividad. Es un aliento. Una modalidad específica del acto creativo que no invalida otras tentativas. Es posible escribir un Hamlet o llevar al cine otra versión de La Tempestad, como hizo Peter Greenaway, y ejecutar un acto ejemplar de interpretación. Otra obra es una página en blanco. Giorgio Moroder coloreó Metrópolis, actualizó los diálogos y la sonorizó con música pop de los ochenta. El resultado es otra Metrópolis que Fritz Lang quizá no desaprobaría. Brook lleva al máximo el procedimiento porque el texto es inmenso, involucra a cientos de personajes y es un libro que brota de la tradición hindú, tan lejana en cosmogonía y entendimiento a Occidente. El resultado es una puesta en escena en la que diálogos enigmáticos y personajes se entremezclan hasta marear al espectador. La intervención no es promesa de efectividad. Acaso debió tomar sólo un episodio y comprimir el resto de la trama. Hemorragia de situaciones. Salpicadura de actos heroicos en donde el que creemos será un hito, no es sino el inicio de otra secuencia de reconfiguraciones del tiempo mítico. La punta de lanza de la intervención es la creatividad. Los silencios de una obra son otra página en blanco. ¿Dónde inician/terminan las obras? ¿Tiene derecho el autor a darle forma a una obra sin pensar en el potencial espectador? En la posibilidad, al fin, late el salto al vacío.

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Epístolas, General

Epístolas a ningún discípulo – 2

Luego de años de ejercerla, entiendes por qué se habla de la lectura como de un arte mayor. Exige concentración y un despliegue imaginativo que es una rareza en un mundo de velocidad y urgencias materiales. Reconocerse lector es una victoria contra la circunstancia. Implica pausar al mundo, dejar atrás un cosmos de distracciones y utilizar el tiempo de vida para recrear el pensamiento de los demás. Por esta elección te distanciarás de los deportes grupales y optarás por aquellos que te permitan lograr un crecimiento individual: ciclismo, atletismo, caminata. La pasión por los perros será temprana. Vislumbrarás en su candor un modo de ser distinto y una forma de interlocución fuera de lo común. En sus ojos late el misterio que todos intuimos y nadie se decide a perfilar. Pasados los años, incluso, serán motivo de algunas reflexiones más serias. Porque rastrearás tus motivos en la vivencia cotidiana y buscarás en la pulcritud de la escritura esa acreditación que no tienes de manera natural. Te salvará la obstinación, que no sueltas, y un gramo de talento. A la par, tu capacidad para ser respetuoso con los demás, salvo en contadas excepciones. El rigor y el rechazo a ser parte de intrigas y chismorreos te dará un lugar de distante/presente ─sutil paradoja. No será tu destino convivir con autores, de los que desconfías. Optarás por el silencio de los libros y el diálogo apacible de las obras. Llegado cierto punto, la falta de reconocimiento y el descrédito serán irrelevantes. Descubrirás el placer infinito de llenar una libreta de ensoñaciones y vislumbres, intuiciones y testimonios. En ellas nacerán las líneas que luego redescubrirás al construir tus libros. La convivencia con las libretas será el paso previo a descubrirte cercano a la grafomanía. No abandonarás la costumbre saludable de descubrir autores y libros olvidados. Tampoco el vértigo de la vida: casarse con una mujer especial y tener un hijo que habitó en tus sueños antes de siquiera concebirlo. Este es otro aprendizaje, no menos relevante que aquel que deriva de la palabra escrita. De un modo instintivo, sabes que en la vida hay misterios que no pueden entenderse a través de la lectura. Es necesario dar un salto y estrellarse o salir victorioso. Todo lo que vive un escritor puede transformarse en material para su obra. Un tropiezo en la calle, contraer una enfermedad venérea, asistir a una cita con el proctólogo. Lo que llaman “falta de imaginación” no es sino miopía avanzada. El autor no se “queda sin temas”: pierde la energía/disciplina para escribir. Se olvida del placer que produce ordenar un mundo de palabras. Un “autor profesional” que lea estas líneas podrá fruncir el ceño y pensar en la grandísima ingenuidad que no pude superar. Es lo que menos me importa. La vivencia del hecho literario roza más con la religiosidad que con el desarrollo de una actividad gobernada por el mercado. Los adolescentes desarrollan su educación sentimental a través de poemas y líneas sueltas. El desencanto con la literatura puede equivaler a que lo sea también con la vida misma. Aquel escritor que pierde su relación primordial con la palabra se convierte en un mercenario del lenguaje y las historias. Su cerebro funciona no para construir sino para socavar bolsillos. Te mantendrás firme en tu convicción, lo intuyo. No es fácil desprender a una persona de sus convicciones más profundas. La poesía es una voz interna que te acompaña, y no un volumen de arrumacos verbales y piruetas de circo. Jamás será cúmulo sino esencia: pre-esencia/presencia. Esa lectura temprana de clásicos apenas entendidos te mostrará que la vida puede ser más rica que el mero hecho biológico de vivirla. Es una posibilidad, en realidad. Estamos obligados a nutrirla con experiencias. Tendrás un distanciamiento de la religión y los saberes trascendentes. Es lo natural a esa edad. Una borrachera es más poderosa que mil oraciones. El descubrimiento del sexo, por su parte, te dejará boquiabierto. Querrás escribir el hecho y, entonces, descubrirás que hay deleites que no son verbales. Se estrellan contra una pared cuando alguien intenta escribirlos. Lo mismo te sucederá con la entrega. Las experiencias fundamentales no son transmisibles y tampoco acumulables: se confía una sola vez en el amor. En literatura se puede confiar en muchos autores. Y decepcionarse y volverse a encantar. Tendrás el coraje de abandonar a muchos y además olvidarte de ellos. Para descubrir el placer del hecho literario hace falta borrarse la memoria y empezar de nuevo. Habrá libros y autores en tanto exista el género humano. La pretensión de compartir un pensamiento es tan fuerte como el deseo de sobrevivencia. Quizá más fuerte aún. Tus primeras notas harán lo necesario para convencerte de que no tienes porvenir en las letras. Las frases carecen de sentido, hace falta fuerza a la expresión, las fallas gramaticales te hacen sonrojar nada más las lees de nuevo. No debes decepcionarte. Los ejercicios reiterados te harán ganar condición física y mental para iniciarte en carreras de largo aliento. Los primeros relatos sonarán huecos y optarás por olvidarte a ratos del oficio literario. Te abandonarás a más libros y luego a películas. En la calle intuirás una visión insólita que se reafirma. La urbe es el sitio del misterio y su confirmación. Serás un escritor urbano que suspira por la tranquilidad del campo, el cual te resultará inaccesible, al menos durante un largo periodo de tiempo.

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Ensayo, General, Mecánica potencial

Observatorio

Un cambio de geografía nos obliga a fundarnos de nuevo y además revela nuestras carencias. En otros lugares se habla con otras palabras, otro acento y gestos para tal o cual situación. Es el cruce de un umbral. Algo que H.G. Wells llama “presupuestos mentales distintos” en El País de los Ciegos, ese relato fantástico sobre una civilización andina que floreció sin ayuda de la vista. Cuesta trabajo creer que nuestro sistema de certezas esté ceñido a unas cuantas líneas, pero así es. Ejercemos una porción pequeñísima del mundo y nos imaginamos su propietario. Uno de los poderes de la literatura es mostrarnos aspectos que no veríamos de otra manera. Ese relato del autor inglés funciona como metáfora sobre el alcance de nuestro entendimiento. Lo que podemos conocer es limitado, al igual que lo que es posible venerar. Nos entregamos a un frenesí y renunciamos a cien más. Tal vez Drácula rechazó la inmortalidad porque no descubrió una afición. Toda su perspectiva de crecimiento era alimentarse de los demás, lo cual no es una práctica saludable. Los enconos generan malestar y terminan en contra nuestra. Idear un sitio en el que la vista es un concepto desconocido —los pobladores del lugar ignoraban el verbo—, nos enfrenta a sopesar aquello que la experiencia y el mundo de los sentidos hacen por nosotros. La escritura aporta placer, pero más aún la cercanía de la persona amada. Las variables del regodeo son subjetivas y admiten prueba en contrario. No se recuerda a un escritor deforme, por ejemplo. ¿Cómo leer la poesía erótica de una mujer con una joroba callosa en la espalda, o la novela histórica de un autor que padece la última etapa de una lepra insoportable a la vista? Nos arrellanamos en un punto de la estancia y esto nos impide conjeturar sobre otros escenarios posibles. Si la literatura es un ir hacia, como se refiere en este texto, importa si ese traslado se hace a rastras, a pie, corriendo o en una silla de ruedas. Medito: ¿cómo habría escrito Juan García Ponce sin la esclerosis en placas que lo postró hasta su muerte? De la misma forma en que medito sobre aspectos de aún menor importancia.

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Ensayo, Epístolas, General

Epístolas a ningún discípulo – 1

Me parece natural que te hayas inclinado por las letras y no por la pintura, como deseabas en un inicio. Además de que nadie te orientó, el entorno se dedicó a ponerte más piedras en el camino —empezando por la familia. No había libros en la casa familiar más allá de los que pedían en la escuela: la Comedia, el Quijote, la Biblia. Todos en ediciones económicas de letra minúscula e impresos en un papel que orillaba al abandono. Pero ahí estaban al alcance, finalmente. Todo lo que tuviste que hacer fue abrirlos para atizar las llamas y hacer que creciera ese fuego. ¿Habrías escrito sin las dificultades que encontraste para formarte como lector y después como autor? Es posible que no. Ese instinto de rebeldía te orilló a saltar por encima de los diques y te dio la fortaleza para desarrollar resistencias. La felicidad de un entorno propicio te hubiera restado voluntad para actuar. Te habría pacificado al punto de quedar como otro espíritu sofisticado y nada más. Como tantos que son capaces de disfrutar con las delicias del espíritu, aunque resultan ineptos para emprender un objeto personal y llevarlo hasta su conclusión. Aquí radica la diferencia. Eso que suelen llamar “musa” no es más que una obstinación de la voluntad. ¿Actuaríamos sin las fronteras que nos impiden el paso? Reservar espacios motiva la curiosidad y aviva el juicio. Tuviste la suerte de recibir un cerebro generoso y una memoria potenciada. Puedes ordenar mucha información en poco tiempo. Una cualidad que puede ser entendida como una fortuna o una condena. Pero es un bastón que te ayudó a salir adelante. Sin él te habrías enredado en las cuerdas de ensoñaciones y deseos, los cuales actúan más fuerte cuando están insatisfechos. La escritura se volvió una actividad soterrada y palpitante. Escribir un párrafo equivalía a imponerse al mundo. Visto en perspectiva, nada ha cambiado. Este texto, por ejemplo, es una serie de golpes a un costal de arena. Aprenderás que actuar persiguiendo una aspiración literaria implica concentrar fuerzas para dejarlas ir en cada página, de manera gradual. Lo que te formará como autor será la capacidad de aglutinar esa energía, a partir de lecturas y experiencias vitales para darle una forma deseada. Quedarás definido por tu historia personal, pero también por el tamaño de tus aspiraciones. Una obra lograda es una secuencia de obstinaciones. Aún recuerdo las primeras lecturas que te causarán un impacto memorable. Todas estaban relacionadas con la exaltación de la rebeldía como principio vital. En la negación del orden existente hallarás la afirmación de tu persona. Una paradoja que se trenzará con los actos de tu vida. No vivirás como los demás autores y esto hará de tu tentativa una forma particularísima, que no por ser tal concluirá más original o valiosa. Y aún con todo debes saber que no eres el único que se enfrentará a la adversidad para practicar una disciplina artística. Los obstáculos son parte integral de afrontar el mundo para escribir. Tendrás muchas desilusiones y desencuentros. Hay tantos practicantes de la escritura que manifestar tu interés por ella no cambiará en nada la percepción que los demás tengan de ti. En silencio sabrás que eres distinto, pues llevas encendido un principio asociativo de palabras. Por extraño que parezca a la distancia, será el marqués de Sade quien te abrirá las puertas de la gran literatura. Esto es una ventaja y a un tiempo una condena. Tendrás la idea de que escribir es una transgresión, en lo cual hay algo de verdad, pero también es un oficio dentro de una sociedad organizada. Es posible dedicarse a escribir. No es tan sólo un acto de rebeldía o una manía por deletrear el mundo. Te lo refiero porque esta visión determinará una trayectoria de lector y, por tanto, de autor. El lado oculto de la realidad puede nutrirse de palabras. Tu aversión por los deportes de equipo y ese carácter silencioso y meditabundo serán el abono perfecto para hacer que germine el retoño de un proyecto de escritor. Luego descubrirás que serlo no es un confinamiento: es una apertura de ventanas. Es posible escribir desde y para la sociedad. Una pasión personal transformada en producto colectivo. La poesía más lírica es un objeto que, a través de los medios apropiados, puede convertirse en un hallazgo para los demás. Obtendrás muchas enseñanzas a lo largo de los años. También la vida y la experiencia aportarán cada una lo suyo, lo que no es nada despreciable. Tu salida al mundo te dará elementos para arrojarte a crear historias y juicios sobre el hecho literario. Los demás te observarán murmurantes y se preguntarán porqué te rodeas de libros. Como dije antes, el entorno estará lejos de ser favorable. Envidiarás a quienes fueron criados con aprecio por los libros, pues intuirás que te llevan ventaja. La sensibilidad es una construcción que toma su tiempo y necesita recursos.

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Ensayo, General, Mecánica potencial

Pintura y poesía

No es infrecuente que un pintor además escriba poesía. O un músico, espeleólogo o taxidermista. Las formas de registro varían sólo en la materia prima. Lo inusual es que se recuerde a alguno de ellos por hacerlo. El celo de la poesía es inquebrantable. Francis Picabia escribió poemas que trazaba en libretas para luego darles forma. Eran los años agitados de una vanguardia nacida entre bailes y carcajadas en el Cabaret Voltaire. Picabia reinterpretó la ligereza del futurismo y la despojó de sentido. Su poesía es una exaltación en contra de la uniformidad. Decir poético sin lírica o cadencia. Aparición de signos en un papel que asimismo es dibujo. Es entendible su interés por los misterios de la tipografía, esa danza de líneas diminutas. Su proceso inició como una disolución de la forma para volver, al final de sus días, al arte figurativo. El estilo de sus pinturas es irregular. Hay presagios de Malévich y Lempicka, Hooper y Lucien Freud. Muchas podrían ser, incluso, inspiración de Marcel Duchamp: ecos del Desnudo bajando una escalera. Las oscilaciones de su poesía, por el contrario, son irrepetibles. Transita entre el objeto verbal y el artefacto, la experiencia sonora y visual. Apostar por una forma de trascendencia es sentarse a mirar si la fuente de la fama habrá de representarnos. Caso ejemplar el de Cervantes con La Galatea, de la que prometió incluso una continuación. La miopía sobre la propia obra es más necedad que incapacidad de tránsito. Deambular entre diferentes lenguajes deja la enseñanza de que es posible alterar el sentido de la marcha. Confiarse a la perfección sin el falso desvelo de haberla alcanzado. “Las vírgenes no curan la sífilis”, escribió en el poema Revólver y parece que tampoco la seguridad de crear sobre un camino que parece confirmado. Todo inicia con la desconfianza en lo que puede hacerse, pues en el silencio habita el olvido.

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Crítica, General, Poesía

El verbo en la entraña: Ingrid Valencia

Luego de meditar sobre cómo debe transmitirse el oficio poético, concluyo que la primera lección es ser enfático en que la sola acumulación de versos no logra un poema de largo aliento. Tampoco emplear una numeración romana para generar la ilusión de un catálogo, con una forma primaria de elementos dispersos, escritos en tiempos y lugares disímiles. Los buenos lectores reconocen la diferencia entre el gato y la liebre.

No refiero que una compilación de esa naturaleza carezca de valor poético o estético, quizá lo tenga, pero está lejos de ser un poema de largo aliento tal como lo prescribe la tradición literaria occidental en la mayoría de las lenguas. La búsqueda de la unidad es imprescindible para llevar a buen puerto una gesta de esa naturaleza.

Me complace hallarme que Blues Holes (2019) de Ingrid Valencia, una de las poetas que más valoro en la actualidad, asuma el riesgo de labrar una formación rocosa con un sello tan personal. Utilizo el adjetivo de “rocosa” porque a lo largo de sus páginas uno experimenta ese sosiego y placidez que transmite el internamiento en una gruta, lograda con el paso de los años y sin miedo alguno al correr de los días.

Sigo la obra de Valencia desde varias entregas atrás, y además la escucho leer sus poemas en los clips de sonido que comparte en las redes sociales. Lo que digo es que leí Blues Holes con su voz. Es una experiencia diferente por entero a la sola lectura de un poema: es la vivencia más cabal de la comunicación con el autor de un texto. Anoto que le preocupa el ritmo y la imagen, un díptico de obsesiones cada vez menos frecuentes en un ecosistema literario empeñado en pelearse a golpe de versos en contra de las inclemencias que generan los problemas políticos. Un empeño cuya insistencia termina por ser una arbitrariedad para la cual conviene recordar aquella línea de W. H. Auden dicha en un programa de televisión: “Nada de lo que escribí pospuso la guerra ni cinco segundos”.

Me une a Valencia la preocupación por la entraña del ser, por ese conjunto de saberes ocultos y hasta herméticos que dotan a la realidad de múltiples significados. La suya es la mirada de quien intuye la posibilidad de fracturar la realidad. Recorrí las páginas de Blues Holes como quien se interna en un espacio reconocible aunque remoto, como una persecución de la luz mediante las huellas de una voz que avanza con la ayuda de imágenes que se transfiguran y actos que, a su vez, se vuelven imágenes. Todo el oficio del poeta en un despliegue de variaciones formales en el que la música y la luz resultan esenciales para ampliar la conversación. Es un poemario en el que el poeta se pregunta, a la manera del perro que da vueltas sobre su cama antes que echarse, salvo que aquí la voz nunca deja de orbitar sobre sí misma. Y sigue, una y otra vez, sigue. Es un aliento que anticipa la aparición del enigma ya que verbalizarlo lo hace visible para los demás.

En sus páginas se intercala el apunte lírico, el poema en prosa, la anécdota que se transforma en sugerencia, el aforismo que sólo es en tanto que así se admite, la línea que es una navaja de va de un lado a otro de la página y la hace sangrar. En su modo mágico de desplegarse ante los ojos y oídos del lector, cada párrafo reinicia Blues Holes, con lo que admitiría una lectura aleatoria propia de la estética de Fluxus. Permite que el lector dance con libertad y extraiga la energía que necesita para cruzar los días.

En su vocación por ser una secuencia de apariciones, brotan las imágenes como fuegos artificiales que detonan para iluminar el cielo de la poesía mexicana, en que habitan nubes y nubarrones que lejos de impedir el despliegue técnico, lo alientan y se mueven de su posición de forma voluntaria. Valencia, atenta de los misterios, se reafirma como la voz que persiste en dar la espalda a las concesiones que orillan a la poesía confesional, pueril, aún barnizada por los ecos coloquiales. Aquello terminó porque la poesía debe continuar con su exploración de la vivencia íntima del hombre. Y, bendito Dios, tampoco hay ninguna forma de victimismo femenino sino una voz que exige ser desanudada para que entregue lo mejor de sí. No será necesaria una caja de pañuelos para esta lectura providencial. Celebremos.

“Nada es nuestro”, encuentro en unas de las líneas. También, más adelante: “Yo habito en dios”. Y es que sin mostrarse de una manera visible como un poemario que buscar rasgar el hilo que oculta la realidad aparente para atisbar la auténtica realidad, la Otra, Blues Holes expresa preocupaciones del espíritu, eso que Valencia llama la “sed de lo inacabado”. De nuevo brota el debate entre el hombre y lo sagrado.

La búsqueda de la luz, por ejemplo, es un detonante para la escritura, lo mismo que la conciencia de que se escribe desde una fisura del tiempo que puede concluir en cualquier momento. Estamos ante un poemario que busca un espacio, geográfico, mental, anímico, espiritual. Es célebre aquel episodio de Las enseñanzas de Don Juan en que el indio yaqui pide a Carlos Castañeda que busque su sitio en el zaguán “sintiéndolo con los ojos”. El aprendiz apenas entendió lo que debía hacer y pasó horas en la incomprensión.

Buscar nuestro sitio en el espacio es la prueba más dura del ser porque ambos son infinitos: el espacio y el ser. Aquel episodio fue una prueba que un occidental escasamente pudo dilucidar porque nuestro modo de entender las posibilidades del espacio es funcional, racionalista e intelectual. Otorgamos valor si podemos dar uso a los objetos. Así de triste.

Entonces Blues Holes propone al lector la búsqueda de un espacio para refugiarse. Ofrece salidas, en cada línea, pero el trabajo de salvamento es individual, no importa lo que cualquier gurú improvisado pueda afirmar con tal de cobrar por adelantado. Anticipo que este poemario será un hito de nuestra literatura y los años revelarán que no sólo deberá reeditarse en el corto plazo sino que deberá ir acompañado con un aparato crítico para visibilizar las referencias y cada segmento del poema para el lector ajeno a la tradición oculta. Por lo pronto, nos corresponde celebrarlo con el mejor gesto.

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Ensayo, General, Mecánica potencial

La primera línea

Quien celebra la línea inicial de un libro no termina de leerlo. Diera la impresión de que ese parto liminar determina el ritmo del libro. O su alcance y aspiración. Una línea inicial deficiente puede contener un libro germinal y ese lector que subraya la primera línea —una comodidad por dondequiera que se le mire—, se perderá la lectura de un objeto prodigioso. Este reduccionismo equivale a proponer que el saludo es la persona y que derivado de su énfasis o garbo, vale la pena o no conocer a dicho individuo. Simplificar es una consecuencia de la sobrepoblación de libros. El magnetismo de esa primera línea debe ser tal que resulte imposible retirar la vista de la secuencia de hechos. Ese crítico de la primera línea es un monje recién ordenado. Todo le maravilla y en cada susurro del río imagina la voz del Altísimo. Su entusiasmo es invencible y está fogueado en la lectura de los best-sellers más comentados, esas fábricas de primeras, segundas y terceras líneas. Gobierna la facilidad. Llaman “buena primera línea” a una frase transparente de corte cinematográfico. El lector de a pie aspira al libro que le obsequie una historia para compartir. La primera línea de Finnegans Wake no le dirá nada. No es buena. Carece de magnetismo. Tampoco la que abre La muerte de Virgilio. El apelativo de “buena” deriva de su bondad y transparencia con el lector, más que con valores estéticos o una toma de riesgo. Los libros que ejercen ciertas libertades son sospechosos de conflagración, porque lo bueno es asequible a todos y encarna una representación del sentir popular. Sintetiza los valores asumidos por la colectividad al otorgarle una forma perdurable. En las fronteras del consuelo y la agonía, el púlpito y la soberbia, se erige un punto en el espacio para articular una modalidad del tiempo. Pero el misterio de un libro no termina sino hasta la última línea, luego de varias relecturas. Una página que se juzga irrelevante hoy, puede cobrar trascendencia mañana. Imposible escapar a la tiranía de Heráclito.

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General, Poesía, Traducción

Poemas de Nikki Giovanni

[Nikki Giovanni (1943) nació en Knoxville, Tennessee. Ha ejercido la docencia y dedica parte de su labor profesional al activismo en favor de los derechos civiles en Estados Unidos. Aquí puede descargarse el libro del que se tomaron los poemas, cuyo original puede consultarse en las páginas 11, 15, 16, 89 y 99.]

*

SOY JAZZ

Soy jazz

Soy suave pero no pop

Soy ligero pero no afilado

Pongo el soundtrack

De tu vida

Entras en mí con disonancia

Luego ordenas un pequeño rasgueo

Tal vez sean una o dos oraciones

Por ahí

Soy jazz

Cuando estás solo

Voy hacia ti

Dándote ritmo para trabajar

Y rima para cuidar

Estoy de acuerdo con el jazz puro

Soy seguro para tu perro

Bueno para los gatos

Sal en el estanque

Para tu pez

Me necesitas

Admítelo

Me necesitas

*

ESTOY CONFUNDIDA

Estoy confundida

No soy tanto niebla

como nube gris

No puedo leer

Los puntos de referencia

Deja en paz

El anuncio de Peligro

No sé

Dónde estoy

O cómo llegué aquí

Estoy perdida

Quiero encontrarme

En tus brazos

*

MI AUTO NUEVO

Manejo

Como si tuviera un auto nuevo

No quiero más

pasarlo por baches

o rayarlo

ni aún estar demasiado cerca

de él

Conserve su carril

Quiero gritar

Pero me mantengo en paz

Me acomodo

Me relajo

No quiero que pienses

Yo pienso

Que tengo razón suficiente

Para sentir envidia

*

AMIGOS EN EL AMOR

Los tiempos cambian

Los trabajos cambian

Los amigos permanecen

Por siempre

Envejecemos

Nos volvemos sabios

Los amigos ríen

Juntos

Suspiramos

Lloramos

Amigos en el amor

Completamente

Manos y corazones

Trenzados como uno solo

En este paquete

Limpiamente

*

TURISMO

Siempre soy una turista

No importa dónde

Esté

Si en casa

O en el extranjero

Una norteamericana

en Aruba

Una negra

en Oxford

Una mujer

en Bagdad

Sola

viajando

por el Canal de Panamá

Con frío en Alaska

Confortable sólo

cuando el avión

Aterriza

Nunca con lamentos

Aunque nunca segura

En tus brazos

o fuera

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Crítica, General, Narrativa

El gabinete de Vega Zaragoza

Una literatura nacional es producto de una lenta decantación. No es producto de los premios, las ventas (pocas o muchas), el número de publicaciones, traducciones y demás supersticiones del gremio literario. A ese proceso de decantación concurren en primer término los escritores con sus obras, después los lectores espontáneos y profesionales, los críticos literarios y, finamente, la academia a partir de metodologías y procedimientos que aspiran al análisis técnico objetivo y hasta científico. Sólo después de ese largo proceso, se logra una gota de obra literaria canónica.

De manera adicional, la consigna de entusiasmos de los escritores por la obra de sus colegas, vivos o muertos, auxilia en la calibración de aportaciones sin par o de ejercicios literarios que si bien ameritan ser conocidos, su gramaje es ligero por lo que hace al enriquecimiento de la tradición literaria. Hay heroísmo en esa labor, pues lo común es que se lean los libros ─cuando así sucede─, y cualquier expresión celebratoria o condenatoria se mantiene a ras de (sobre)mesa.

Guillermo Vega Zaragoza (Ciudad de México, 1967), presencia indiscutida en las letras mexicanas, que lo mismo se mide en el ensayo, la poesía y la narrativa, entrega a la imprenta una reunión de fervores con un título indispensable: La tertulia. Ensayos sobre literatura mexicana (2019). La biografía de un escritor está en sus obras, refiere aquella línea vuelta lugar común, aunque agrego que igualmente está en sus lecturas pese a que no tengan un eco palpable en sus obras. El escritor lee para vivir. De otro modo es una planta sin agua. Lo que leemos nos constituye más allá de lo admitido y moldea el proyecto de un escritor hasta el punto de orillarlo a un golpe de timón a medio viaje trasatlántico. La gran aventura del escritor está en los libros.

Anoto el acierto del título porque la conversación aporta elementos fundamentales para la comprensión del presente. Vega Zaragoza en estas páginas abre su gabinete de curiosidades para permitirnos un atisbo del temple clásico de sus lecturas y, más relevante aún, el ojo afectuoso con que vuelve a las páginas que lo han “tocado”, como él mismo expresa. Esta selección sólo es un muestrario, que me consta porque lo leo y con su tarea de años ya se habrían juntado diversos volúmenes de ensayos. También, y esto no es poco, que lee con una mirada investigadora aunque nunca inquisitiva, curiosa pero apenas invasiva, celosa del hallazgo y celebratoria para compartirlo con la tribu literaria. Virtudes cada vez menos fáciles de hallar en un entorno de vanidades y murmullos.

La mala reputación de la crítica ─algo justificada para ser honestos─ juega malas pasadas a los libros de ensayo con apuntes críticos. Por suerte Vega Zaragoza pasa de largo ante la posibilidad de atizar cualquier forma del chismorreo o versiones sin confirmar de la historia literaria. La tertulia es un viaje personal alrededor de un producto social de enorme impacto para la manutención de la identidad: la literatura. Es un recorrido que anda entre siglos e inicia con Martín Luis Guzmán y anda hasta Ruy Xoconostle, además de otros autores que hoy mismo son frecuentes en las mesas de novedades. De manera casual encuentro este párrafo de Nicolas Bourriaud en su Estética relacional:

“La actividad artística constituye un juego donde las formas, las modalidades y las funciones evolucionan según las épocas y los contextos sociales, y no tiene una esencia inmutable. La tarea del crítico consiste en estudiarla en el presente”.

Y es lo que hace Vega Zaragoza en La tertulia. La estudia amorosamente para relacionar los elementos que brotan sin orden en un presente infinito, para dar una estampa que ofrece la oportunidad de divisar un perfil de una literatura que conoce al dedillo. Porque debe decirse: Vega Zaragoza, y esto es patente en estas páginas, siente afecto y pasión por la literatura mexicana, más allá de ser parte de ella. Es una constelación de signos que le ofrece el confort necesario para tramar la suya, a partir de su experiencia, además de las historias sin las cuales no podría entenderse con el teclado para escribir. Cada escritor es dueño de su reino.

Leo en estas páginas la confesión de la pasión crítica (ya un mérito por donde quiera vérsele), pero en una vertiente del inteligente curioso que escruta para averiguar más sobre el objeto que para sopesarlo en relación con otros objetos. Esto es: dudo que a Vega Zaragoza le venga bien el sambenito de “crítico” ─al parecer imposible de lavar, cual si fuera un pecado venial─, y su labor en este volumen se acerca más al discurrir de un lector atento que medita sus páginas y cuida las palabras, con la pericia de un agricultor que sabe cuándo lloverá y además cuánto. No es la tarea de quien compara una lluvia y otra sino la de quien celebra que suceda cuando tenga que hacerlo.

No refrendo la totalidad de sus opiniones sino su gentileza para darles contundencia. Sus juicios sobre la obra narrativa de Guillermo Arriaga me parecen apresuradas. Mismo caso de Antonio Malpica, que se ha decantado por la explotación de una literatura de consumo que poco aporta a las letras nacionales. La tertulia es un libro celebratorio del gusto personal. Lo que es irresistible, sin embargo, es agotar sus páginas para atestiguar cómo dispensa los adjetivos, salta por encima de ciertas obras y, de manera sutilísima, acentúa lo que le parecen atributos que no pueden hallarse en otros autores. Refiero que el heroísmo de Vega Zaragoza no es menor. Antes que dar a la imprenta otro libro de poesía o narrativa, eligió radiografiar las lecturas que, a su vez, nutren sus otros registros literarios. Es una manera infrecuente de rendir un homenaje a escritores que acaso sin saberlo nos brindaron una experiencia memorable. Así que vuelvo a la metáfora de la decantación para el armado de un canon nacional, ese líquido esencial. El calor para la cocción que aporta Vega Zaragoza es indispensable en estas páginas.

Con justificado entusiasmo daría un ejemplar de La tertulia a los extranjeros interesados en nuestra literatura y les diría: “sigue esta brújula para que no te pierdas”. Años después me lo agradecerían y a él, si son atentos, más aún.

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General, Poesía, Traducción

Poemas de Keith Waldrop

[Keith Waldrop (1932) nació en Emporia, Kansas. Ha ejercido la docencia y la traducción como disciplinas complementarias a su labor escritural. Aquí puede descargarse el libro del que se tomaron los poemas, cuyo original puede consultarse en las páginas 119, 120, 123, 172, 174, 181 y 188.]

*

ALTARES

Deben estar por debajo de

las estatuas para que quienes rezan

miren hacia arriba. La altura

debe ajustarse.

*

EL TEATRO

Hechizado, mis

poros se abren─para que el

viento se abra paso. Toma

muchos días cantar el poema.

La voz es aliento

flotante, interminables

círculos como las crecientes

olas en el agua, extendiéndose hasta

que las interrumpen.

Cuando las interrumpen,

se quiebra la voz.

*

BAÑOS

Barro mezclado con cabello.

*

LADRILLO

Pesados, ajados por la

lluvia, se hacen pedazos.

Tan vivamente se representan escenas de la vida de

Cristo que

parece que abre sus labios de mármol.

Hay ladrillos que flotan.

*

MUROS DE BELLEZA

Tales muros no pueden

durar nada más que años.

*

LA DIRECCIÓN DE LAS CALLES

Evita el viento

de los callejones. Los vientos

fríos son desagradables, los vientos calientes

agotadores, los vientos húmedos insalubres.

*

MÁS DE LOS VIENTOS

Leyes contra

la seducción, la belleza, el afecto,

la gentileza. Un ángel hincado

sostiene una concha. Aquellos que conocen muchos nombres

para los vientos adoptan este lugar

como centro. Mañana que despunta:

aire húmedo escala, confunde

las maldiciones por venir. Esos que flotan,

espirales o círculos intercalados: la concha contiene agua.

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