General, Haicum

Haicums – 2

Crema en mi piel.

Acaricio tu brazo.

El grillo canta.

*

Agua en calma.

Hay gotas de rocío

en pinos bajos.

*

Siento comezón,

prefiero no rascarme.

La luz en verde.

*

En Jerusalén

la noche llega pronto.

cielo de luces.

*

Suena un tango.

Te ofrezco un pañuelo.

Filosofía.

*

Silbas canciones

que nadie más conoce.

Eres un viejo.

*

No te esfuerces

nunca más de la cuenta.

Andas a morir.

*

Te busco sola,

me reprendes por ello.

No me preocupa.

*

Me besas lento:

tus nalgas tienen sabor.

¡Vainilla fresa!

*

Cielo abierto.

Rayo de luz que cruza.

Te estremeces.

*

Vamos al cine.

Película de acción.

Duermo profundo.

*

Gel en las manos.

Falsa higiene actual.

Idiotas sin fin.

*

Traidores sueltos,

cuídate la espalda.

Frío acero.

*

Derramo café.

Suciedad en el piso.

Limpias molesta.

*

Nubes te siguen.

Sabes que no existen

y las ignoras.

*

Goma de borrar

en aquel escritorio.

Nunca se usó.

*

Pruebo las uvas.

Diente roto al fondo.

Sigo con vino.

*

Cobro un cheque

y gasto el dinero.

Camino libre.

*

Bulle la selva,

pájaros en lo alto.

Día de playa.

*

Pecado venial:

derramaste el vodka

sin estar ebria.

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Diario público, General

Diario público de la cuarta década – 2

Una vez en el hospital me explicaron la gravedad de mi situación. Aún era “joven” pero debía cuidarme. Había sido un buen atleta en la adolescencia. Cuando llegué a los libros me olvidé del deporte. Eso sucedió después de los quince años. A partir de entonces nada me parece más interesante que un libro, ni aún quienes los escriben. La ciencia lo explica todo muy fácil. Improvisan una teoría sobre tus hábitos y no necesitan más que unas muestras de los líquidos que recorren tu cuerpo para llegar a sus conclusiones. Aún ignoro lo que sucedió en realidad. Fue un estremecimiento general que inició con una taquicardia inexplicable ─me hallaba sentado en un sillón. Líneas de luz se me cruzaron por el rostro y la imposibilidad para respirar me llevó al suelo. En una fracción de segundo me preparé para ese tránsito que sabemos llegará aunque nadie esté preparado. Un sudor frío me cubrió el rostro y bufaba para evitar la pérdida del conocimiento. Todo fue inútil. Fue un amargo crepúsculo que me instaló lejos de la claridad. Desperté minutos más tarde, desorientado y con la boca seca.

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General, Haicum, Poesía

Haicums – 1

Luces en el mar

danzan por tu ausencia.

Llaman a cenar.

*

Desde temprano

trabaja el albañil.

Abro los ojos.

*

Sonatas de Bach

con vodka por la tarde.

Brota la noche.

*

Tu boca mancha

la servilleta blanca,

que ya no lo es.

*

Tus brazos al sol.

Vellos dorados bailan

al aire libre.

*

El perro ladra.

Un afilador anda

y se detiene.

*

No hay diversión.

No hay limones frescos.

No hay internet.

*

Tengo pelusa

en el ombligo sucio.

Dormito fresco.

*

Tienes un grano

en tu nariz redonda.

Beso de dulce.

*

Te llevo a cuestas

por tu falta de piernas.

Se esconde el sol.

*

Ella tropezó.

Reí a sus espaldas:

lo recuerdo bien.

*

Las flores mueren,

el mediodía suelto.

Reminiscencias.

*

Cadera recta

en el asiento negro.

¡Eres un hombre!

*

Café del día.

Al centro histórico.

Urge un baño.

*

Sábanas puercas.

Aquí sobran cobijas,

duermo solito.

*

Seduces libre

en medio de esta calle.

Yo sin dinero.

*

Salta el gato

y entra a la casa.

Sirvo comida.

*

Resaca fatal.

Fiesta hasta muy tarde:

Nunca beban ron.

*

Te beso fugaz.

Sucede la tarde gris.

Lejos, el recuerdo.

*

Pasos al frente,

emergencia de temblor.

Caemos juntos.

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Diario público, General

Diario público de la cuarta década – 1

La noche del veinte de enero de dos mil diecinueve, cerca de la medianoche, viví la experiencia de un conato de infarto. Creí que moriría. Todo se apagó a mi alrededor y lo que parece claro y natural, de pronto se tornó nebuloso. Aquello me hizo replantearme lo que había vivido hasta ese momento: fue un hito. Ya había entrado a mis cuarenta años, que no los sentía como una carga aunque tampoco con esa felicidad que prometen quienes entraron antes a esa década. A partir de ese momento entré de manera voluntaria a un proceso de rehabilitación, que lo mismo incluye la alimentación que los contenidos a los que me expongo. Ya nada sería igual. Todo lo que había creído se modificó de forma radical. Y no se piense que sólo fue el miedo a la muerte, no soy tan vanidoso. Su proximidad me hizo pensar en mi hijo de diez años, que aún necesita a su padre. Luego entraron en la balanza otros aspectos de mi vida, como la escritura y demás proyectos en marcha. Soy un motociclista y sé que puedo morir en cualquier momento, pero si puedo influir en las circunstancias de mi muerte, ésta no sucederá por meros descuidos. Esta será una historia personal de los cambios y sus consecuencias.

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General, Mecánica potencial

Paternidades de papel

Sería riesgoso afirmar que Mary Shelley no soñó con Víctor Frankestein antes de sentarse a redactar la novela. De igual forma lo contrario. Lo que es posible sugerir es que el monstruo, luego de ser arrojado al flujo de la vida, comprobó la funcionalidad de sus extremidades antes de utilizarlas. No es imaginable que se haya levantado de la tabla de cirugía sin flexionar las piernas, por ejemplo, lo que implica actividad cerebral, esa forma de tránsito. Es el acto que inaugura su errar perpetuo, que sucederá con cada lector que fatigue sus páginas. La búsqueda del padre exige avivar los sentidos, trenzar referencias y concentrar las preguntas para plantearlas con un mínimo de palabras. ¿Qué objeto tendría perseguir a una persona si no se tiene prevista la secuencia de acciones a seguir? Búsqueda es acción. La criatura tenía habilidades para planificar, lo que refiere autoconciencia funcionando a un nivel óptimo. Ahora bien, si el monstruo buscara a su madre quizá no la encontraría, porque Mary Shelley es nombre de casada. El apellido Wollstonecraft sería el disfraz perfecto para borrar las huellas de una maternidad no ejercida. La orfandad es una modalidad de locomoción: nacer es salir. ¿Quién podría actuar sin haber cruzado ese umbral? Rehusar los efectos de la movilidad nos aleja de la literatura, que es un ir hacia. ¿El paraíso perdido, el patíbulo o los interregnos? Lo responderá la crítica literaria. Dialogar con el cuerpo expresa un intercambio químico que actúa en silencio. Ejemplo: podemos disfrutar de nutridas mesas de novedades por la vitalidad de los autores. Así que el monstruo de Frankestein llegaría confundido a Roma, entre turistas chinos y japoneses, directo al Cimitero acattolico, donde reposan las cenizas de Percy Bysshe Shelley. “¡Alabada sea la eterna justicia del hombre!”, línea de la novela que exclamaría al confirmar que no son las del doctor Víctor. Al descubrir la impostura del oficio literario, capaz de crear padres de papel, lloraría debido a la confusión y el abandono, aunque tranquilo por haber emprendido la búsqueda.

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General, Mecánica potencial

Intervenir o abstenerse

Las interpretaciones que se hacen de las obras las afectan. Se vuelven intervenciones al objeto, que nunca será el mismo. Ya no será posible leer el Mahábharata, por ejemplo, sin recordar la versión fílmica que realizó Peter Brook a partir del texto épico. Ahí no está la obra ni lo es en sí misma. Es un delta que se aleja pero que lleva la esencia del afluente principal: es una derivación. La fuerza y facilidad de transmisión de la imagen hace que concluya hipnótica. Un diálogo de dos personas que representan a dioses cósmicos tiene más fuerza que mil páginas que narren el encuentro. Tanta espesura limita la cercanía del lector. Intervenir no es plagiar y menos aún una confesión de falta de creatividad. Es un aliento. Una modalidad específica del acto creativo que no invalida otras tentativas. Es posible escribir un Hamlet o llevar al cine otra versión de La Tempestad, como hizo Peter Greenaway, y ejecutar un acto ejemplar de interpretación. Otra obra es una página en blanco. Giorgio Moroder coloreó Metrópolis, actualizó los diálogos y la sonorizó con música pop de los ochenta. El resultado es otra Metrópolis que Fritz Lang quizá no desaprobaría. Brook lleva al máximo el procedimiento porque el texto es inmenso, involucra a cientos de personajes y es un libro que brota de la tradición hindú, tan lejana en cosmogonía y entendimiento a Occidente. El resultado es una puesta en escena en la que diálogos enigmáticos y personajes se entremezclan hasta marear al espectador. La intervención no es promesa de efectividad. Acaso debió tomar sólo un episodio y comprimir el resto de la trama. Hemorragia de situaciones. Salpicadura de actos heroicos en donde el que creemos será un hito, no es sino el inicio de otra secuencia de reconfiguraciones del tiempo mítico. La punta de lanza de la intervención es la creatividad. Los silencios de una obra son otra página en blanco. ¿Dónde inician/terminan las obras? ¿Tiene derecho el autor a darle forma a una obra sin pensar en el potencial espectador? En la posibilidad, al fin, late el salto al vacío.

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Epístolas, General

Epístolas a ningún discípulo – 2

Luego de años de ejercerla, entiendes por qué se habla de la lectura como de un arte mayor. Exige concentración y un despliegue imaginativo que es una rareza en un mundo de velocidad y urgencias materiales. Reconocerse lector es una victoria contra la circunstancia. Implica pausar al mundo, dejar atrás un cosmos de distracciones y utilizar el tiempo de vida para recrear el pensamiento de los demás. Por esta elección te distanciarás de los deportes grupales y optarás por aquellos que te permitan lograr un crecimiento individual: ciclismo, atletismo, caminata. La pasión por los perros será temprana. Vislumbrarás en su candor un modo de ser distinto y una forma de interlocución fuera de lo común. En sus ojos late el misterio que todos intuimos y nadie se decide a perfilar. Pasados los años, incluso, serán motivo de algunas reflexiones más serias. Porque rastrearás tus motivos en la vivencia cotidiana y buscarás en la pulcritud de la escritura esa acreditación que no tienes de manera natural. Te salvará la obstinación, que no sueltas, y un gramo de talento. A la par, tu capacidad para ser respetuoso con los demás, salvo en contadas excepciones. El rigor y el rechazo a ser parte de intrigas y chismorreos te dará un lugar de distante/presente ─sutil paradoja. No será tu destino convivir con autores, de los que desconfías. Optarás por el silencio de los libros y el diálogo apacible de las obras. Llegado cierto punto, la falta de reconocimiento y el descrédito serán irrelevantes. Descubrirás el placer infinito de llenar una libreta de ensoñaciones y vislumbres, intuiciones y testimonios. En ellas nacerán las líneas que luego redescubrirás al construir tus libros. La convivencia con las libretas será el paso previo a descubrirte cercano a la grafomanía. No abandonarás la costumbre saludable de descubrir autores y libros olvidados. Tampoco el vértigo de la vida: casarse con una mujer especial y tener un hijo que habitó en tus sueños antes de siquiera concebirlo. Este es otro aprendizaje, no menos relevante que aquel que deriva de la palabra escrita. De un modo instintivo, sabes que en la vida hay misterios que no pueden entenderse a través de la lectura. Es necesario dar un salto y estrellarse o salir victorioso. Todo lo que vive un escritor puede transformarse en material para su obra. Un tropiezo en la calle, contraer una enfermedad venérea, asistir a una cita con el proctólogo. Lo que llaman “falta de imaginación” no es sino miopía avanzada. El autor no se “queda sin temas”: pierde la energía/disciplina para escribir. Se olvida del placer que produce ordenar un mundo de palabras. Un “autor profesional” que lea estas líneas podrá fruncir el ceño y pensar en la grandísima ingenuidad que no pude superar. Es lo que menos me importa. La vivencia del hecho literario roza más con la religiosidad que con el desarrollo de una actividad gobernada por el mercado. Los adolescentes desarrollan su educación sentimental a través de poemas y líneas sueltas. El desencanto con la literatura puede equivaler a que lo sea también con la vida misma. Aquel escritor que pierde su relación primordial con la palabra se convierte en un mercenario del lenguaje y las historias. Su cerebro funciona no para construir sino para socavar bolsillos. Te mantendrás firme en tu convicción, lo intuyo. No es fácil desprender a una persona de sus convicciones más profundas. La poesía es una voz interna que te acompaña, y no un volumen de arrumacos verbales y piruetas de circo. Jamás será cúmulo sino esencia: pre-esencia/presencia. Esa lectura temprana de clásicos apenas entendidos te mostrará que la vida puede ser más rica que el mero hecho biológico de vivirla. Es una posibilidad, en realidad. Estamos obligados a nutrirla con experiencias. Tendrás un distanciamiento de la religión y los saberes trascendentes. Es lo natural a esa edad. Una borrachera es más poderosa que mil oraciones. El descubrimiento del sexo, por su parte, te dejará boquiabierto. Querrás escribir el hecho y, entonces, descubrirás que hay deleites que no son verbales. Se estrellan contra una pared cuando alguien intenta escribirlos. Lo mismo te sucederá con la entrega. Las experiencias fundamentales no son transmisibles y tampoco acumulables: se confía una sola vez en el amor. En literatura se puede confiar en muchos autores. Y decepcionarse y volverse a encantar. Tendrás el coraje de abandonar a muchos y además olvidarte de ellos. Para descubrir el placer del hecho literario hace falta borrarse la memoria y empezar de nuevo. Habrá libros y autores en tanto exista el género humano. La pretensión de compartir un pensamiento es tan fuerte como el deseo de sobrevivencia. Quizá más fuerte aún. Tus primeras notas harán lo necesario para convencerte de que no tienes porvenir en las letras. Las frases carecen de sentido, hace falta fuerza a la expresión, las fallas gramaticales te hacen sonrojar nada más las lees de nuevo. No debes decepcionarte. Los ejercicios reiterados te harán ganar condición física y mental para iniciarte en carreras de largo aliento. Los primeros relatos sonarán huecos y optarás por olvidarte a ratos del oficio literario. Te abandonarás a más libros y luego a películas. En la calle intuirás una visión insólita que se reafirma. La urbe es el sitio del misterio y su confirmación. Serás un escritor urbano que suspira por la tranquilidad del campo, el cual te resultará inaccesible, al menos durante un largo periodo de tiempo.

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Ensayo, General, Mecánica potencial

Observatorio

Un cambio de geografía nos obliga a fundarnos de nuevo y además revela nuestras carencias. En otros lugares se habla con otras palabras, otro acento y gestos para tal o cual situación. Es el cruce de un umbral. Algo que H.G. Wells llama “presupuestos mentales distintos” en El País de los Ciegos, ese relato fantástico sobre una civilización andina que floreció sin ayuda de la vista. Cuesta trabajo creer que nuestro sistema de certezas esté ceñido a unas cuantas líneas, pero así es. Ejercemos una porción pequeñísima del mundo y nos imaginamos su propietario. Uno de los poderes de la literatura es mostrarnos aspectos que no veríamos de otra manera. Ese relato del autor inglés funciona como metáfora sobre el alcance de nuestro entendimiento. Lo que podemos conocer es limitado, al igual que lo que es posible venerar. Nos entregamos a un frenesí y renunciamos a cien más. Tal vez Drácula rechazó la inmortalidad porque no descubrió una afición. Toda su perspectiva de crecimiento era alimentarse de los demás, lo cual no es una práctica saludable. Los enconos generan malestar y terminan en contra nuestra. Idear un sitio en el que la vista es un concepto desconocido —los pobladores del lugar ignoraban el verbo—, nos enfrenta a sopesar aquello que la experiencia y el mundo de los sentidos hacen por nosotros. La escritura aporta placer, pero más aún la cercanía de la persona amada. Las variables del regodeo son subjetivas y admiten prueba en contrario. No se recuerda a un escritor deforme, por ejemplo. ¿Cómo leer la poesía erótica de una mujer con una joroba callosa en la espalda, o la novela histórica de un autor que padece la última etapa de una lepra insoportable a la vista? Nos arrellanamos en un punto de la estancia y esto nos impide conjeturar sobre otros escenarios posibles. Si la literatura es un ir hacia, como se refiere en este texto, importa si ese traslado se hace a rastras, a pie, corriendo o en una silla de ruedas. Medito: ¿cómo habría escrito Juan García Ponce sin la esclerosis en placas que lo postró hasta su muerte? De la misma forma en que medito sobre aspectos de aún menor importancia.

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Ensayo, Epístolas, General

Epístolas a ningún discípulo – 1

Me parece natural que te hayas inclinado por las letras y no por la pintura, como deseabas en un inicio. Además de que nadie te orientó, el entorno se dedicó a ponerte más piedras en el camino —empezando por la familia. No había libros en la casa familiar más allá de los que pedían en la escuela: la Comedia, el Quijote, la Biblia. Todos en ediciones económicas de letra minúscula e impresos en un papel que orillaba al abandono. Pero ahí estaban al alcance, finalmente. Todo lo que tuviste que hacer fue abrirlos para atizar las llamas y hacer que creciera ese fuego. ¿Habrías escrito sin las dificultades que encontraste para formarte como lector y después como autor? Es posible que no. Ese instinto de rebeldía te orilló a saltar por encima de los diques y te dio la fortaleza para desarrollar resistencias. La felicidad de un entorno propicio te hubiera restado voluntad para actuar. Te habría pacificado al punto de quedar como otro espíritu sofisticado y nada más. Como tantos que son capaces de disfrutar con las delicias del espíritu, aunque resultan ineptos para emprender un objeto personal y llevarlo hasta su conclusión. Aquí radica la diferencia. Eso que suelen llamar “musa” no es más que una obstinación de la voluntad. ¿Actuaríamos sin las fronteras que nos impiden el paso? Reservar espacios motiva la curiosidad y aviva el juicio. Tuviste la suerte de recibir un cerebro generoso y una memoria potenciada. Puedes ordenar mucha información en poco tiempo. Una cualidad que puede ser entendida como una fortuna o una condena. Pero es un bastón que te ayudó a salir adelante. Sin él te habrías enredado en las cuerdas de ensoñaciones y deseos, los cuales actúan más fuerte cuando están insatisfechos. La escritura se volvió una actividad soterrada y palpitante. Escribir un párrafo equivalía a imponerse al mundo. Visto en perspectiva, nada ha cambiado. Este texto, por ejemplo, es una serie de golpes a un costal de arena. Aprenderás que actuar persiguiendo una aspiración literaria implica concentrar fuerzas para dejarlas ir en cada página, de manera gradual. Lo que te formará como autor será la capacidad de aglutinar esa energía, a partir de lecturas y experiencias vitales para darle una forma deseada. Quedarás definido por tu historia personal, pero también por el tamaño de tus aspiraciones. Una obra lograda es una secuencia de obstinaciones. Aún recuerdo las primeras lecturas que te causarán un impacto memorable. Todas estaban relacionadas con la exaltación de la rebeldía como principio vital. En la negación del orden existente hallarás la afirmación de tu persona. Una paradoja que se trenzará con los actos de tu vida. No vivirás como los demás autores y esto hará de tu tentativa una forma particularísima, que no por ser tal concluirá más original o valiosa. Y aún con todo debes saber que no eres el único que se enfrentará a la adversidad para practicar una disciplina artística. Los obstáculos son parte integral de afrontar el mundo para escribir. Tendrás muchas desilusiones y desencuentros. Hay tantos practicantes de la escritura que manifestar tu interés por ella no cambiará en nada la percepción que los demás tengan de ti. En silencio sabrás que eres distinto, pues llevas encendido un principio asociativo de palabras. Por extraño que parezca a la distancia, será el marqués de Sade quien te abrirá las puertas de la gran literatura. Esto es una ventaja y a un tiempo una condena. Tendrás la idea de que escribir es una transgresión, en lo cual hay algo de verdad, pero también es un oficio dentro de una sociedad organizada. Es posible dedicarse a escribir. No es tan sólo un acto de rebeldía o una manía por deletrear el mundo. Te lo refiero porque esta visión determinará una trayectoria de lector y, por tanto, de autor. El lado oculto de la realidad puede nutrirse de palabras. Tu aversión por los deportes de equipo y ese carácter silencioso y meditabundo serán el abono perfecto para hacer que germine el retoño de un proyecto de escritor. Luego descubrirás que serlo no es un confinamiento: es una apertura de ventanas. Es posible escribir desde y para la sociedad. Una pasión personal transformada en producto colectivo. La poesía más lírica es un objeto que, a través de los medios apropiados, puede convertirse en un hallazgo para los demás. Obtendrás muchas enseñanzas a lo largo de los años. También la vida y la experiencia aportarán cada una lo suyo, lo que no es nada despreciable. Tu salida al mundo te dará elementos para arrojarte a crear historias y juicios sobre el hecho literario. Los demás te observarán murmurantes y se preguntarán porqué te rodeas de libros. Como dije antes, el entorno estará lejos de ser favorable. Envidiarás a quienes fueron criados con aprecio por los libros, pues intuirás que te llevan ventaja. La sensibilidad es una construcción que toma su tiempo y necesita recursos.

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Ensayo, General, Mecánica potencial

Pintura y poesía

No es infrecuente que un pintor además escriba poesía. O un músico, espeleólogo o taxidermista. Las formas de registro varían sólo en la materia prima. Lo inusual es que se recuerde a alguno de ellos por hacerlo. El celo de la poesía es inquebrantable. Francis Picabia escribió poemas que trazaba en libretas para luego darles forma. Eran los años agitados de una vanguardia nacida entre bailes y carcajadas en el Cabaret Voltaire. Picabia reinterpretó la ligereza del futurismo y la despojó de sentido. Su poesía es una exaltación en contra de la uniformidad. Decir poético sin lírica o cadencia. Aparición de signos en un papel que asimismo es dibujo. Es entendible su interés por los misterios de la tipografía, esa danza de líneas diminutas. Su proceso inició como una disolución de la forma para volver, al final de sus días, al arte figurativo. El estilo de sus pinturas es irregular. Hay presagios de Malévich y Lempicka, Hooper y Lucien Freud. Muchas podrían ser, incluso, inspiración de Marcel Duchamp: ecos del Desnudo bajando una escalera. Las oscilaciones de su poesía, por el contrario, son irrepetibles. Transita entre el objeto verbal y el artefacto, la experiencia sonora y visual. Apostar por una forma de trascendencia es sentarse a mirar si la fuente de la fama habrá de representarnos. Caso ejemplar el de Cervantes con La Galatea, de la que prometió incluso una continuación. La miopía sobre la propia obra es más necedad que incapacidad de tránsito. Deambular entre diferentes lenguajes deja la enseñanza de que es posible alterar el sentido de la marcha. Confiarse a la perfección sin el falso desvelo de haberla alcanzado. “Las vírgenes no curan la sífilis”, escribió en el poema Revólver y parece que tampoco la seguridad de crear sobre un camino que parece confirmado. Todo inicia con la desconfianza en lo que puede hacerse, pues en el silencio habita el olvido.

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