De un modo azaroso, te iniciarás en la práctica de caminar, correr y el ciclismo. La convicción de ser escritor tendrá vaivenes. Sin alguien que te aconseje de primera mano, parecerá una actividad reservada para individuos adinerados o bendecidos con un entorno favorable. En esos lapsos de falta de convicción harás deporte. Un joven tiene la obligación de hacerlo, además. Poner a trabajar tu organismo es el medio ideal de lograr un equilibrio interior. No dejarás de pensar en los libros, en lo que te aportan y habita en sus páginas. Muchos años después, llegarás a la conclusión de no fueron horas perdidas. Que durante esas caminatas, largas y a paso lento, intuirás otra forma posible del mundo, accesible sólo a través de la palabra. También aprenderás el sentido de lo social y sus implicaciones. El espectáculo vivo de un parque en domingo será una lección invaluable para un escritor, aunque depende de la capacidad de observación que se tenga. Al caminar se intuyen secretos que no serán resueltos en la marcha, aunque nos harán soñar en los días perezosos. De estas experiencias se alimenta la literatura, que no es sino una meditación sobre el mundo. De manera natural, caminar te acercará a la carrera, de la que obtendrás algunas satisfacciones. A la distancia, caminar y correr te aportarán disciplina para cualquier actividad que emprendas. Es un primer contacto con el tesón que se necesita para lograr objetivos. Los párrafos de un libro se logran con aplomo y paciencia. Hay que volver sobre ellos para eliminar o añadir matices y giros. Esta preocupación por el lenguaje es el capital del escritor. Nada más se confía a la fórmula que le dio algún éxito, su obra menguará en calidad y arrojo. Salir a caminar, además, nos pone en contacto con el mundo que nos rodea. Es una exploración de límites y aspiraciones. Podremos escribir de lo que nos consta —así sea literatura fantástica o de ciencia ficción—, pero lo más importante es que el hecho humano no esté lejos de nosotros. Es necesario andar entre los hombres para tener una perspectiva nutrida de lo que podemos alcanzar o no. Sudarás con obstinación en las pistas y, de manera ocasional, incluso ganarás alguna medalla. Esto te hará pensar que podrías ser una estrella del deporte. Pondrás tu máximo esfuerzo aunque otra imposición familiar limitará tus aspiraciones. Te harán entender que la escuela es prioritaria, que es ahí en donde debes enfocar tus esfuerzos. Así que lo harás lo mismo obligado por la circunstancia: la intuición de que correr es una actividad tan lujosa como la escritura. O incluso más, ya que su duración es muy corta. Una estrella de esa naturaleza es un parpadeo en la historia deportiva. Amanecen y andan directo al crepúsculo en poquísimos años. Sin sentirlo, los libros significativos estarán cerca de ti. Habrá maestros que te verán leyendo y te acercarán más libros. Unos muy apropiados para la edad como Hace falta un muchacho de Arturo Cuyás Armengol, que leerás con sobrada atención por las imágenes que lo ilustran. También por las citas de autores célebres que acompañan la lectura. Ideas sobre la honestidad, el coraje, la valentía. Hay muchos aspectos de la educación que no cubre ni la escuela ni la familia. Son aspectos íntimos que no nos atrevemos a revelar por temor a sentirnos ridiculizados. La lectura temprana te dotará de herramientas para entender el mundo más rápido que los demás. Serás un adelantado, si es posible decirlo. Intentarás lecturas de gran calado que te vencerán aunque no doblegarán tu espíritu. Tu intuición será capaz de revelarte que todo tiene su tiempo. Apreciar un verso de Virgilio o un relato de Samuel Beckett, es una destreza que se aprende con el ejercicio de la lectura. Al igual que los corredores, para los que la actividad cardiovascular aumenta el volumen del corazón, los lectores logran ampliar el tamaño de su memoria. Tendrás más datos para conectar y lo harás en el menor tiempo posible. El oficio literario tiene muchas semejanzas con la costura. Los zurcidos no deben verse y deben aguantar el uso diario y también los excesos. No se confía en un pantalón que se rasga a la primera puesta. Así que de correr y caminar pasarás al ciclismo, de manera natural. Para este punto ya detectaste que te inclinas por deportes individuales, en los que el triunfo o la derrota serán sólo tuyos. Es el mismo caso de la escritura. Los grandes autores te aportarán su conocimiento y desarrollo, pero las líneas que redactes serán tu responsabilidad. Ser escritor se asemeja a ser corredor de larga distancia: solitario, apasionado, en lucha contra la resistencia del cuerpo y la inclemencia de un entorno no siempre favorable. Entre cada libro que se escribe debe haber un lapso para jadear lo necesario y recobrar las energías. En el centro del pensamiento del que corre y escribe hay una sola esperanza: resistir. La tenacidad y obstinación son aliados naturales de quien practica una disciplina artística. Muchos individuos con capacidades superiores abandonan su labor, incapaces de lograr la dedicación necesaria para darle forma a un objeto. La genialidad desbordada sin disciplina termina por actuar en contra de quien la tiene. Es un volcán en erupción, vehemente e intempestivo. Pocos esperan a que esa lava quede seca para entonces detectar los signos que se dibujaron aquí y allá. La bicicleta, por su parte, es una de las herramientas más a la mano para el autoconocimiento. Además de aportar encanto al viaje, tiene la cualidad de ser empleada para fines de crecimiento personal.
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Epístolas a ningún discípulo – 6
Te desaconsejo olvidarte de la pintura. Ernesto Sábato fue pintor y muchos autores notables críticos de arte. Él tenía la teoría de que el pintor ejecuta una actividad menos intelectualizada que el escritor, que debe procesar el lenguaje y además organizarlo. El pintor, por su parte, descubre la forma y la libera. No hay un reprocesamiento previo o posterior. Eso decía Sábato, aclaro. Yo estoy en desacuerdo. Las vanguardias de inicios del siglo XX llevaron a un nivel superlativo la intelectualización de la pintura. Una teoría debía inspirar el alcance de cada cuadro. Estas sutilezas las descubrirás como parte de un interés general por el arte. Lo que importa es apreciar las virtudes de un cuadro como un capital que no todos tienen al alcance. Ignoro si accede a la calidad de virtud, pero es un aspecto inusual en este mundo de velocidad y urgencias. Implica hacer un acercamiento al objeto y arriesgar un juicio sobre su posible significado. Esto en un primer momento, al menos. Luego vendrá hacer juicios sobre el posible valor de una obra. Aquí entrará un periodo fascinante de tu trayectoria creativa que es la crítica, de la que hablaremos más adelante. Por ahora lo que te corresponde es respirar las obras y llegar a la conclusión —como ya lo hiciste—, de que no importa nada más que crear. Un joven aspirante a artista que no se detiene a mirar el cielo para descifrar si el mensaje secreto del cosmos tendrá un alcance limitado. Si la creación no es una muleta para darle otro sentido a los días que corren, entonces es inútil. Deberás asumirte creador como parte de una identidad irrenunciable. La pintura será una de tus preocupaciones habituales, lo cual me parece lógico. Es un feliz vagabundeo entre tentativas para encapsular fragmentos de mundo. Entonces el pincel se transfigura en un arma providencial para alterar el perfil aparente de los objetos. Monet nos enseñó a mirar la luz, lo mismo que Seurat. La perspectiva es una herramienta que te servirá para trazar tus libros. No sólo será sentarse a escribir en medio de un trance hipnótico. Escribirás con un plan previo, dejando poco o nada al azar. La literatura también es un juego de ajedrez y una postulación geométrica de nuestro entorno. Atendemos a formas físicas. Tenemos amoríos poliédricos y la deslealtad es una triangulación de las pasiones humanas. Hay personas cuadradas y, dicen, las historias deben ser “redondas”. Luego descubrirás que el signo que nos define es la espiral. Iniciamos en un punto y seguimos a todo lo largo de una línea que no se interrumpe. Esto es algo que ignoramos, pero que es tan parte de nosotros como estas manos que se detienen a consignar la perplejidad de vivir sin entender la lógica de porqué lo hacemos. De ahí que resulte mágico el discurso filosófico. Ya lo intuiste y por eso te rodeas de libros de Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer y Ludwig Wittgenstein. Apenas los entiendes, es natural, aunque intuyes que en esas líneas amanece un posible nuevo sentido para el ser humano. De nada valdría amanecer al mismo escenario, de no ser por la promesa de que ese día, derivado de un acto providencial, la tierra se abra y una voz irreconocible dicte nuevos principios para fundar otro mundo posible. Muchos autores han dibujado, además. Ahí están los trazos de Charles Baudelaire y Jean Cocteau. El diálogo entre palabra y forma visual es irrenunciable. Cruzan sus referentes sin pedir permiso a nadie. La lista es larga: William Blake y Herman Hesse, Federico García Lorca y Rafael Alberti, tantos más. También la poesía visual y concreta se enlista en ese diálogo. No sólo el pincel es el único medio apropiado para lograr comunicación con el hecho visual. El pensamiento es capaz de revelar aspectos en los que el pintor no había reparado, o señalar algunos más que pueden ser un salto al vacío. Tu tarea principal es desconfiar de la historia del arte, de los hitos marcados como obligatorios, de los nombres con mayúscula. Todo lo que existe puede ser relacionado con otro objeto, incorpóreo o verificable. Es otro lujo de la imaginación. No pocas noches quedarás al filo de la cama sin poder conciliar el sueño. Serás preso de temores sobre lo que debes o no emprender. Esto es un primer paso para convencerte a ti mismo de tu capacidad para crear con las palabras. Es un proceso largo y nunca estarás del todo convencido de que lo que haces importa lo más mínimo. Te quedará el consuelo de la disciplina y el trabajo ordenado y no es posible pedir más del hombre, objeto de tantos vaivenes. A la manera de un cuadro de Turner, lo que imaginamos un crepúsculo no es sino la aurora que se asoma con rostro de timidez y hartazgo. Ésta será la batalla de cada página que inicies.

Epístolas a ningún discípulo – 5
Es una lástima que no hayas conservado ninguno de tus cuadernos de dibujo. Podría mirarlos ahora que escribo estas notas y sentir cierta felicidad por haber sido tan inquieto. Siempre te preguntabas de dónde venía ese impulso de crear. Te cuento: no lo descubrirás, pero tampoco podrás detenerlo. Estaincógnita se mantiene como una de las más sólidas del género humano. ¿Por qué una persona elige escribir/dibujar/pintar/esculpir, en lugar sólo de vivir la vida? ¿Es tan difícil experimentar las formas y no intentar reproducirlas de alguna manera? Recuerdo cómo salías de la casa con un cuaderno bajo el brazo y pasabas horas en los parques, dibujando hojas, árboles y transeúntes. No me parece tiempo perdido, a la distancia. En esos lapsos de soledad llegaste a conclusiones de primer orden. También experimentaste el desafío de un entorno que no valoraba la creación ni le preocupaba, mayormente. El arte siempre ha sido un artículo suntuoso y otras premuras tienen un sitio de privilegio. Nadie ha reparado en la rebeldía que implica, por ejemplo, sentarse a escuchar una ópera o leer un clásico olvidado, incluso por los letrados. Abundan esta clase de libros. Tienen una consideración muy significativa para la alta cultura, pero ya no es posible ni siquiera conseguirlos en las librerías. Quedan como parte de un conocimiento esotérico y críptico. Puedes visualizar la cultura como un océano de propuestas. Unos navegan en un sentido, otros optan por abandonarse al movimiento sutil de las mareas o, de plano, se confían al refugio que ofrece el pasmo. Descubrirás que muchos dormitan entre los olivos que cortaron antes creyendo que no pierden su verdor y frescura. Esto es falso. La búsqueda es interminable. Siempre hay veredas que no se han caminado, formas inusuales para transitar y saltos que en otro tiempo no consideramos o fueron desechados por juzgarlos imposibles. Quizá redacte algo semejante a estas notas diez años después, para averiguar cuál fue el desarrollo de mi trayectoria o si, de ser el caso, sigo creyendo que la literatura importa para algo, así sea ínfimo. Al día de hoy dejé de considerar que tiene cualidades providenciales, pero me salva de la autodestrucción o de diluirme con mujeres o alcohol. Es un contenedor de emociones desbocadas. Al menos me permite entusiasmarme con tal o cual obra e ilusionarme de que lo que escribo al respecto podría tener algún valor. Podría jurar que habrías elegido una vertiente no figurativa. Te entregarías a explorar texturas en el lienzo y pasos saltarines de formas rítmicas. Caer al abismo implica rodearse de conformismo y autocomplacencia. Adormilarse en el flujo del tiempo histórico. Las posibilidades que ofrece la escritura no son menos. Son distintas, eso es claro. Se trabaja un libro con esmero y atención al detalle. A diferencia de la pintura que admite el juego libre del azar, en la construcción de una obra literaria todo debe estar calculado, incluso la incorporación de elementos azarosos. Exige un paso de lince previo al ataque de la cebra. Después del dibujo intentaste la pintura, como un paso natural. Fue difícil allegarse de los materiales pues, como referí, en casa se desconfiaba del arte. Un hijo pintor hubiera sido peor para la familia que un hijo en la cárcel. No cabe duda que la educación de los padres impacta el crecimiento de los hijos. Hay que ser un espíritu grande para oponer la entereza necesaria a sus deficiencias y, llegado el momento, demostrar que no tuvieron un efecto negativo. Que se tiene el corazón limpio de rencor, por lo que puede avanzarse libre en la secuencia de la vida. Aún recuerdo la honda impresión que te produjo descubrir a Salvador Dalí, a los demás surrealistas y a otros pintores como Oscar Domínguez o Edgar Degas. Lo refiero porque ahí empezó tu engarce con la cultura universal. Es la fecha que detona una fiebre por descubrir, de la que jamás te curarías. Es la misma excitación que te llevará a ser asiduo del cine, la historia y la filosofía. Estos encuentros formaron tu criterio y perspectiva de creación. Somos lo que asimilamos, al menos en términos de cultura. Pero no me pareció triste, pasados los años, ese necesario viraje de disciplina. La literatura es una cantera de ideas, pensamientos e historias. Su poder late en el misterio del mundo. Todo tiene referente en un personaje o una anécdota fundacional. A su lado, la mitología y la historia se nutren una a la otra y derivan contenidos irremplazables. No debería sugerirte nada —soy producto de lo que hiciste o dejaste de hacer—, pero es importante tener muy presente a la mitología clásica, ese tejido de relaciones de la antigüedad que une nuestra interpretación de la historia humana. Ayúdate con la pintura, a la que veneras sin discreción. Los pintores de relevancia pintaron miles de escenas mitológicas y bíblicas. Todo lo que se crea tiene que ver con esas historias germinales, al final. Asimilarlas te permitirá asomarte a espacios que parecen reservados sólo para el especialista, pero que han permeado el pensamiento humano en todas sus vertientes. ¿Recuerdas cómo te entusiasmó Picasso? Luego creíste que destruir la reproducción exacta de la realidad podía generar una poética novedosa. No deberás preocuparte por el tiempo que tienes al frente, sino por emplearlo en actividades productivas.

Epístolas a ningún discípulo – 4
El oficio de escribir, luego lo descubrirás, es un continuo ejercicio de amalgamar para descubrir aleaciones. Los grandes edificios de palabras tienen una estructura que los hace notables y resisten el paso del tiempo debido al material del que están hechos. Lo natural es que un talento corto utilice cemento o arcilla, y la lluvia del tiempo lastime las aristas y los bordes. Ya no podrá ser apreciado tal como fue concebido. La fusión de elementos que parecía que no podían unirse garantiza la admiración de quien los transita. Ese ejercicio de ingenio aún es considerado como un valor añadido a la obra. La paradoja: no sabrás cuando lograste una aleación perdurable. Puedes haber publicado cincuenta libros y ninguno será recordado. ¿Esta es la aspiración de un escritor? Es una pregunta que me ronda una y otra vez. No la tengo resuelta aunque al día de hoy creo que la ambición de un autor es hacer una contribución cultural y, con suerte, que alguien más descubra algo en esos libros. No faltará quien lo haga sólo por dinero o la admiración febril de los turistas de la lectura, esa carne de cañón para las listas de los más vendidos. Sabes que me refiero al escritor que se propone una meta literaria: ordeñar su lengua para extraer un líquido esencial. Según leas esto, confirmarás que no son muchos quienes lo intentaron y vencieron. Esa vaca anda libre por la serranía y pocos tienen el valor de internarse en su búsqueda. Es mejor la comodidad de la chimenea y las pantuflas de las que te proveen las entrevistas, los diarios, las antologías y apariciones reiteradas en los medios de comunicación. Lo que equivale a ser considerado un “autor de tu generación”. La literatura es un terreno de libertad y también un ejercicio de firmeza. Perder la brújula o alterar la ruta sin criterio puede tener repercusiones a largo plazo. El “público” no es tan maleable. Quien sale a la plaza para dar bandazos y giros inesperados pierde credibilidad. Lo natural es caminar por una línea recta, pues las curvas son sorpresivas y no pocos temperamentos las desprecian debido al peligro que representan. Ahora bien, escribir aún es un oficio riesgoso. Lleva al máximo la capacidad del hombre para crear. Es un encuentro con uno mismo. Más de una ocasión te has sorprendido con una línea vaciada en una de tus libretas, en los cafés que visitas para alejarte del ruido y las distracciones. Es una costumbre de la que no podrás desprenderte ni aún pasadas las décadas. Esos lugares aún son un imán y por tanto no es difícil ver a las personas conversar y hacer los planes para la semana siguiente. Es un resquicio en ciudades inundadas de frenesí y premuras sin apenas fundamento. ¿Cuántos libros no se habrán iniciado/abandonado/concluido en un café? Si es tu elección, ahí germinará tu primer libro, por ejemplo. O las líneas esenciales, al menos. Después sucederá la poda que lo deje más terso porque todo puede mejorarse. Nunca llegarás a la forma definitiva de los objetos. Esta es una esperanza que no conviene a un aprendiz de escritor. El deseo de perfección también puede ser tu ruina. Aprenderás a liberar tus libros en el momento apropiado. También a ignorar lecturas que no te beneficien en un periodo concreto de tu educación. Renunciar a un libro no es olvidarse del hecho literario, sino elegir lo mejor para el periodo indicado. Escribir también exige cierta dosis de cinismo y seguridad en uno mismo. Sentarse a redactar demanda coraje, disciplina y amor propio. Es un ejercicio de reafirmación. No se escribe con dudas. Estas deben quedar fuera de los papeles de trabajo. Abrigo la intuición de que el proceso de aprendizaje no terminará nunca. Que uno llega a viejo —quiero decir: a muy viejo— y cada día hay otro secreto detrás de la puerta. Te lo confieso para que modules la soberbia y la excesiva confianza en los poderes de la cultura. A esa edad lo normal es que la lectura de Dostoievski o Balzac haya terminado por perturbar tu capacidad de percibir el entorno con claridad. No es difícil sobrevalorar lo que uno hace y, a la manera de Don Quijote, salir a pelear con molinos de viento. Suena atractivo padecer esta imagen, infeliz y conmovedora a un tiempo. Años después te digo que el romanticismo de la derrota es una falsedad. Tropezar genera conocimiento, pero también puede aprenderse con el ejemplo de los demás. Confío en tu cautela y disposición para no perder las riendas de tu proceso creativo. La literatura es un culto secreto de muy pocos fieles y el mundo camina a otro paso. Las exigencias de la vida —pagar las cuentas, acudir al dentista, celebrar un aniversario—, existen por una razón y son parte de un ceremonial que deberás cumplir. Te rehusarás a hacerlo y las consecuencias serán tangibles. No llegaré al extremo de recomendarte nada. Al final, somos producto de lo que elegimos cada día y el resultado no debe menospreciarse. Un balance nunca viene mal, de cualquier modo. Avanzar en la construcción de un proyecto literario implica demostrar que nada nos distanciará de él.

Epístolas a ningún discípulo – 3
Habrá días en que te levantarás con entusiasmo por haber logrado una sola línea. Pero en otros querrás olvidarte de tus lecturas y ser como el resto de los individuos. Elegiste un camino que no tolera la renuncia. Una vez que lo inicias sientes el impulso de llevarlo hasta su fin, así te conduzca directo al fracaso —lo que sea que esto signifique. No pienses que te escribo desde la cúspide del éxito. El calendario marca que tengo treinta y cinco años. Ya no soy joven aunque tampoco un viejo. He aprendido ciertas astucias. Di a conocer algo de mi producción literaria y no soy el último de la lista. Mi aprendizaje aún no termina. Anhelo hacer muchas lecturas más y asimismo olvidar algunas que ya no me parecen beneficiosas. Porque es falso ese integrismo que postula que toda lectura es buena en sí misma. Muchos libros pueden ser perjudiciales en cierta etapa de una carrera de lector. Jamás le daría Finnegans Wake a un joven que desea formarse como escritor. Lo desanimaría al grado de que podrían abandonar su tentativa y, no obstante, es un libro de primer orden. Tampoco le acercaría La muerte de Virgilio o la narrativa de Thomas Bernhard. Cada quien establece su tiempo para llegar a ciertos autores fundamentales. Un acto que, por otro lado, tampoco es obligatorio. No imagino a Miguel Hernández leyendo libros formalmente complejos. Afrontar la vida es otro modo de lectura. La sucesión de hechos humanos es una narrativa continuada que debe interpretarse según el estado de ánimo. No deberá desilusionarte que los demás te ignoren. Que les parezca natural que un joven quiera escribir y pasen de largo ante tu anhelo. Sé fiel a tu proyecto y concéntrate en lograr más páginas. Este será tu entrenamiento. Tu determinación te llevará a la Facultad de Filosofía y Letras y ahí afilarás tu criterio de lector, cualidad imprescindible para ejercer la crítica y la autocrítica. Te doy aliento para continuar y ahora yo mismo necesito que alguien me lo proporcione. Se publicaron cuatro libros míos en dos años. Cumplo con una meta personal y una aspiración que venía de años atrás. ¿Qué sigue? No lo sé. He leído comentarios en la prensa y juicios positivos de amigos. Que si se lee ahí una “propuesta”, que si es un inicio “prometedor”, que si el estilo es “diáfano y notable”. Estos comentarios pueden ser una jaula de miel. Quedar atrapado en el azúcar de la adulación puede ser un acicate para bajar la guardia y dejar de lado la tentativa de crear objetos más arriesgados. La tradición literaria no avanza debido a los aplausos, sino al vapuleo constante y la agitación provocadora. Deberás enfrentarte, además, a un momento editorial que privilegia la novela por encima de las demás modalidades de escritura. El aforismo, el cuento y la narrativa breve atraviesan un periodo de marginación. Y aún con todo se seguirán practicando, a la manera de un culto secreto. Quizá tengas el valor de escribir con firmeza e ignores estas directrices editoriales. Yo lo hice y me retrasó la publicación de algunos libros. Serás leal a la idea del viaje como estallido narrativo. Entreverás en el acto de hacer una maleta cierta expresión sutil del autoconocimiento. Porque salir es entrar y olvidarse de toda posibilidad de llegar a la silueta elusiva del yo. Esto es algo que yo descubro ahora mismo, así que prefiero no restarle emoción al trayecto. Iniciarás libros con entusiasmo y luego los abandonarás. Terminarás concretando los menos pensados y se aguzará tu capacidad para tramar. Ya no será necesaria una historia prevista para iniciar un relato: aparecerá según la escribas. Después de los treinta y cinco años se escribe porque es un oficio o una pasión imposible de sosegar. Éste será tu caso. Te ganarás la vida ejerciendo otros oficios y lo que llaman la “profesionalización de la escritura” te será tan ajeno como la astrofísica. Cada que tomes una pluma se abrirá una galaxia por descubrir. La palabra será cómplice de un culto que te llevará por veredas inusitadas. Cualquier actividad que emprendas, así sea ir a comprar un kilo de tortillas, podrá ser una ocasión para darle vida a otro artefacto de palabras. Entonces lucharás contra el tiempo y la fugacidad, la urgencia y los pendientes, la salud y los requerimientos de familia. Se refiere que se escribe en soledad y esto es cierto. Lo que no dicen es que la sociedad conspira para que no escribas. Aquí hay una tensión que deberás superar so pena de perder tu salud mental. Deberás atender compromisos sociales y otros menesteres. El entorno se organiza para retirar a las personas de actividades que requieren silencio y dialogo interior. Escribir es alejarse, ya lo sabes para ese momento. No hay línea que no se haya ganado en medio del tumulto y el sobresalto. Los párrafos se cosechan. En un primer momento se plantan las palabras y según volvemos y se riegan con adiciones y sugerencias, germina un fragmento de significado que puede ser revisitable, incluso para su autor. Así con cada párrafo que sutures para lograr un organismo más complejo.

Epístolas a ningún discípulo – 2
Luego de años de ejercerla, entiendes por qué se habla de la lectura como de un arte mayor. Exige concentración y un despliegue imaginativo que es una rareza en un mundo de velocidad y urgencias materiales. Reconocerse lector es una victoria contra la circunstancia. Implica pausar al mundo, dejar atrás un cosmos de distracciones y utilizar el tiempo de vida para recrear el pensamiento de los demás. Por esta elección te distanciarás de los deportes grupales y optarás por aquellos que te permitan lograr un crecimiento individual: ciclismo, atletismo, caminata. La pasión por los perros será temprana. Vislumbrarás en su candor un modo de ser distinto y una forma de interlocución fuera de lo común. En sus ojos late el misterio que todos intuimos y nadie se decide a perfilar. Pasados los años, incluso, serán motivo de algunas reflexiones más serias. Porque rastrearás tus motivos en la vivencia cotidiana y buscarás en la pulcritud de la escritura esa acreditación que no tienes de manera natural. Te salvará la obstinación, que no sueltas, y un gramo de talento. A la par, tu capacidad para ser respetuoso con los demás, salvo en contadas excepciones. El rigor y el rechazo a ser parte de intrigas y chismorreos te dará un lugar de distante/presente ─sutil paradoja. No será tu destino convivir con autores, de los que desconfías. Optarás por el silencio de los libros y el diálogo apacible de las obras. Llegado cierto punto, la falta de reconocimiento y el descrédito serán irrelevantes. Descubrirás el placer infinito de llenar una libreta de ensoñaciones y vislumbres, intuiciones y testimonios. En ellas nacerán las líneas que luego redescubrirás al construir tus libros. La convivencia con las libretas será el paso previo a descubrirte cercano a la grafomanía. No abandonarás la costumbre saludable de descubrir autores y libros olvidados. Tampoco el vértigo de la vida: casarse con una mujer especial y tener un hijo que habitó en tus sueños antes de siquiera concebirlo. Este es otro aprendizaje, no menos relevante que aquel que deriva de la palabra escrita. De un modo instintivo, sabes que en la vida hay misterios que no pueden entenderse a través de la lectura. Es necesario dar un salto y estrellarse o salir victorioso. Todo lo que vive un escritor puede transformarse en material para su obra. Un tropiezo en la calle, contraer una enfermedad venérea, asistir a una cita con el proctólogo. Lo que llaman “falta de imaginación” no es sino miopía avanzada. El autor no se “queda sin temas”: pierde la energía/disciplina para escribir. Se olvida del placer que produce ordenar un mundo de palabras. Un “autor profesional” que lea estas líneas podrá fruncir el ceño y pensar en la grandísima ingenuidad que no pude superar. Es lo que menos me importa. La vivencia del hecho literario roza más con la religiosidad que con el desarrollo de una actividad gobernada por el mercado. Los adolescentes desarrollan su educación sentimental a través de poemas y líneas sueltas. El desencanto con la literatura puede equivaler a que lo sea también con la vida misma. Aquel escritor que pierde su relación primordial con la palabra se convierte en un mercenario del lenguaje y las historias. Su cerebro funciona no para construir sino para socavar bolsillos. Te mantendrás firme en tu convicción, lo intuyo. No es fácil desprender a una persona de sus convicciones más profundas. La poesía es una voz interna que te acompaña, y no un volumen de arrumacos verbales y piruetas de circo. Jamás será cúmulo sino esencia: pre-esencia/presencia. Esa lectura temprana de clásicos apenas entendidos te mostrará que la vida puede ser más rica que el mero hecho biológico de vivirla. Es una posibilidad, en realidad. Estamos obligados a nutrirla con experiencias. Tendrás un distanciamiento de la religión y los saberes trascendentes. Es lo natural a esa edad. Una borrachera es más poderosa que mil oraciones. El descubrimiento del sexo, por su parte, te dejará boquiabierto. Querrás escribir el hecho y, entonces, descubrirás que hay deleites que no son verbales. Se estrellan contra una pared cuando alguien intenta escribirlos. Lo mismo te sucederá con la entrega. Las experiencias fundamentales no son transmisibles y tampoco acumulables: se confía una sola vez en el amor. En literatura se puede confiar en muchos autores. Y decepcionarse y volverse a encantar. Tendrás el coraje de abandonar a muchos y además olvidarte de ellos. Para descubrir el placer del hecho literario hace falta borrarse la memoria y empezar de nuevo. Habrá libros y autores en tanto exista el género humano. La pretensión de compartir un pensamiento es tan fuerte como el deseo de sobrevivencia. Quizá más fuerte aún. Tus primeras notas harán lo necesario para convencerte de que no tienes porvenir en las letras. Las frases carecen de sentido, hace falta fuerza a la expresión, las fallas gramaticales te hacen sonrojar nada más las lees de nuevo. No debes decepcionarte. Los ejercicios reiterados te harán ganar condición física y mental para iniciarte en carreras de largo aliento. Los primeros relatos sonarán huecos y optarás por olvidarte a ratos del oficio literario. Te abandonarás a más libros y luego a películas. En la calle intuirás una visión insólita que se reafirma. La urbe es el sitio del misterio y su confirmación. Serás un escritor urbano que suspira por la tranquilidad del campo, el cual te resultará inaccesible, al menos durante un largo periodo de tiempo.

Epístolas a ningún discípulo – 1
Me parece natural que te hayas inclinado por las letras y no por la pintura, como deseabas en un inicio. Además de que nadie te orientó, el entorno se dedicó a ponerte más piedras en el camino —empezando por la familia. No había libros en la casa familiar más allá de los que pedían en la escuela: la Comedia, el Quijote, la Biblia. Todos en ediciones económicas de letra minúscula e impresos en un papel que orillaba al abandono. Pero ahí estaban al alcance, finalmente. Todo lo que tuviste que hacer fue abrirlos para atizar las llamas y hacer que creciera ese fuego. ¿Habrías escrito sin las dificultades que encontraste para formarte como lector y después como autor? Es posible que no. Ese instinto de rebeldía te orilló a saltar por encima de los diques y te dio la fortaleza para desarrollar resistencias. La felicidad de un entorno propicio te hubiera restado voluntad para actuar. Te habría pacificado al punto de quedar como otro espíritu sofisticado y nada más. Como tantos que son capaces de disfrutar con las delicias del espíritu, aunque resultan ineptos para emprender un objeto personal y llevarlo hasta su conclusión. Aquí radica la diferencia. Eso que suelen llamar “musa” no es más que una obstinación de la voluntad. ¿Actuaríamos sin las fronteras que nos impiden el paso? Reservar espacios motiva la curiosidad y aviva el juicio. Tuviste la suerte de recibir un cerebro generoso y una memoria potenciada. Puedes ordenar mucha información en poco tiempo. Una cualidad que puede ser entendida como una fortuna o una condena. Pero es un bastón que te ayudó a salir adelante. Sin él te habrías enredado en las cuerdas de ensoñaciones y deseos, los cuales actúan más fuerte cuando están insatisfechos. La escritura se volvió una actividad soterrada y palpitante. Escribir un párrafo equivalía a imponerse al mundo. Visto en perspectiva, nada ha cambiado. Este texto, por ejemplo, es una serie de golpes a un costal de arena. Aprenderás que actuar persiguiendo una aspiración literaria implica concentrar fuerzas para dejarlas ir en cada página, de manera gradual. Lo que te formará como autor será la capacidad de aglutinar esa energía, a partir de lecturas y experiencias vitales para darle una forma deseada. Quedarás definido por tu historia personal, pero también por el tamaño de tus aspiraciones. Una obra lograda es una secuencia de obstinaciones. Aún recuerdo las primeras lecturas que te causarán un impacto memorable. Todas estaban relacionadas con la exaltación de la rebeldía como principio vital. En la negación del orden existente hallarás la afirmación de tu persona. Una paradoja que se trenzará con los actos de tu vida. No vivirás como los demás autores y esto hará de tu tentativa una forma particularísima, que no por ser tal concluirá más original o valiosa. Y aún con todo debes saber que no eres el único que se enfrentará a la adversidad para practicar una disciplina artística. Los obstáculos son parte integral de afrontar el mundo para escribir. Tendrás muchas desilusiones y desencuentros. Hay tantos practicantes de la escritura que manifestar tu interés por ella no cambiará en nada la percepción que los demás tengan de ti. En silencio sabrás que eres distinto, pues llevas encendido un principio asociativo de palabras. Por extraño que parezca a la distancia, será el marqués de Sade quien te abrirá las puertas de la gran literatura. Esto es una ventaja y a un tiempo una condena. Tendrás la idea de que escribir es una transgresión, en lo cual hay algo de verdad, pero también es un oficio dentro de una sociedad organizada. Es posible dedicarse a escribir. No es tan sólo un acto de rebeldía o una manía por deletrear el mundo. Te lo refiero porque esta visión determinará una trayectoria de lector y, por tanto, de autor. El lado oculto de la realidad puede nutrirse de palabras. Tu aversión por los deportes de equipo y ese carácter silencioso y meditabundo serán el abono perfecto para hacer que germine el retoño de un proyecto de escritor. Luego descubrirás que serlo no es un confinamiento: es una apertura de ventanas. Es posible escribir desde y para la sociedad. Una pasión personal transformada en producto colectivo. La poesía más lírica es un objeto que, a través de los medios apropiados, puede convertirse en un hallazgo para los demás. Obtendrás muchas enseñanzas a lo largo de los años. También la vida y la experiencia aportarán cada una lo suyo, lo que no es nada despreciable. Tu salida al mundo te dará elementos para arrojarte a crear historias y juicios sobre el hecho literario. Los demás te observarán murmurantes y se preguntarán porqué te rodeas de libros. Como dije antes, el entorno estará lejos de ser favorable. Envidiarás a quienes fueron criados con aprecio por los libros, pues intuirás que te llevan ventaja. La sensibilidad es una construcción que toma su tiempo y necesita recursos.
