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Pintura y poesía

No es infrecuente que un pintor además escriba poesía. O un músico, espeleólogo o taxidermista. Las formas de registro varían sólo en la materia prima. Lo inusual es que se recuerde a alguno de ellos por hacerlo. El celo de la poesía es inquebrantable. Francis Picabia escribió poemas que trazaba en libretas para luego darles forma. Eran los años agitados de una vanguardia nacida entre bailes y carcajadas en el Cabaret Voltaire. Picabia reinterpretó la ligereza del futurismo y la despojó de sentido. Su poesía es una exaltación en contra de la uniformidad. Decir poético sin lírica o cadencia. Aparición de signos en un papel que asimismo es dibujo. Es entendible su interés por los misterios de la tipografía, esa danza de líneas diminutas. Su proceso inició como una disolución de la forma para volver, al final de sus días, al arte figurativo. El estilo de sus pinturas es irregular. Hay presagios de Malévich y Lempicka, Hooper y Lucien Freud. Muchas podrían ser, incluso, inspiración de Marcel Duchamp: ecos del Desnudo bajando una escalera. Las oscilaciones de su poesía, por el contrario, son irrepetibles. Transita entre el objeto verbal y el artefacto, la experiencia sonora y visual. Apostar por una forma de trascendencia es sentarse a mirar si la fuente de la fama habrá de representarnos. Caso ejemplar el de Cervantes con La Galatea, de la que prometió incluso una continuación. La miopía sobre la propia obra es más necedad que incapacidad de tránsito. Deambular entre diferentes lenguajes deja la enseñanza de que es posible alterar el sentido de la marcha. Confiarse a la perfección sin el falso desvelo de haberla alcanzado. “Las vírgenes no curan la sífilis”, escribió en el poema Revólver y parece que tampoco la seguridad de crear sobre un camino que parece confirmado. Todo inicia con la desconfianza en lo que puede hacerse, pues en el silencio habita el olvido.

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