El oficio de escribir, luego lo descubrirás, es un continuo ejercicio de amalgamar para descubrir aleaciones. Los grandes edificios de palabras tienen una estructura que los hace notables y resisten el paso del tiempo debido al material del que están hechos. Lo natural es que un talento corto utilice cemento o arcilla, y la lluvia del tiempo lastime las aristas y los bordes. Ya no podrá ser apreciado tal como fue concebido. La fusión de elementos que parecía que no podían unirse garantiza la admiración de quien los transita. Ese ejercicio de ingenio aún es considerado como un valor añadido a la obra. La paradoja: no sabrás cuando lograste una aleación perdurable. Puedes haber publicado cincuenta libros y ninguno será recordado. ¿Esta es la aspiración de un escritor? Es una pregunta que me ronda una y otra vez. No la tengo resuelta aunque al día de hoy creo que la ambición de un autor es hacer una contribución cultural y, con suerte, que alguien más descubra algo en esos libros. No faltará quien lo haga sólo por dinero o la admiración febril de los turistas de la lectura, esa carne de cañón para las listas de los más vendidos. Sabes que me refiero al escritor que se propone una meta literaria: ordeñar su lengua para extraer un líquido esencial. Según leas esto, confirmarás que no son muchos quienes lo intentaron y vencieron. Esa vaca anda libre por la serranía y pocos tienen el valor de internarse en su búsqueda. Es mejor la comodidad de la chimenea y las pantuflas de las que te proveen las entrevistas, los diarios, las antologías y apariciones reiteradas en los medios de comunicación. Lo que equivale a ser considerado un “autor de tu generación”. La literatura es un terreno de libertad y también un ejercicio de firmeza. Perder la brújula o alterar la ruta sin criterio puede tener repercusiones a largo plazo. El “público” no es tan maleable. Quien sale a la plaza para dar bandazos y giros inesperados pierde credibilidad. Lo natural es caminar por una línea recta, pues las curvas son sorpresivas y no pocos temperamentos las desprecian debido al peligro que representan. Ahora bien, escribir aún es un oficio riesgoso. Lleva al máximo la capacidad del hombre para crear. Es un encuentro con uno mismo. Más de una ocasión te has sorprendido con una línea vaciada en una de tus libretas, en los cafés que visitas para alejarte del ruido y las distracciones. Es una costumbre de la que no podrás desprenderte ni aún pasadas las décadas. Esos lugares aún son un imán y por tanto no es difícil ver a las personas conversar y hacer los planes para la semana siguiente. Es un resquicio en ciudades inundadas de frenesí y premuras sin apenas fundamento. ¿Cuántos libros no se habrán iniciado/abandonado/concluido en un café? Si es tu elección, ahí germinará tu primer libro, por ejemplo. O las líneas esenciales, al menos. Después sucederá la poda que lo deje más terso porque todo puede mejorarse. Nunca llegarás a la forma definitiva de los objetos. Esta es una esperanza que no conviene a un aprendiz de escritor. El deseo de perfección también puede ser tu ruina. Aprenderás a liberar tus libros en el momento apropiado. También a ignorar lecturas que no te beneficien en un periodo concreto de tu educación. Renunciar a un libro no es olvidarse del hecho literario, sino elegir lo mejor para el periodo indicado. Escribir también exige cierta dosis de cinismo y seguridad en uno mismo. Sentarse a redactar demanda coraje, disciplina y amor propio. Es un ejercicio de reafirmación. No se escribe con dudas. Estas deben quedar fuera de los papeles de trabajo. Abrigo la intuición de que el proceso de aprendizaje no terminará nunca. Que uno llega a viejo —quiero decir: a muy viejo— y cada día hay otro secreto detrás de la puerta. Te lo confieso para que modules la soberbia y la excesiva confianza en los poderes de la cultura. A esa edad lo normal es que la lectura de Dostoievski o Balzac haya terminado por perturbar tu capacidad de percibir el entorno con claridad. No es difícil sobrevalorar lo que uno hace y, a la manera de Don Quijote, salir a pelear con molinos de viento. Suena atractivo padecer esta imagen, infeliz y conmovedora a un tiempo. Años después te digo que el romanticismo de la derrota es una falsedad. Tropezar genera conocimiento, pero también puede aprenderse con el ejemplo de los demás. Confío en tu cautela y disposición para no perder las riendas de tu proceso creativo. La literatura es un culto secreto de muy pocos fieles y el mundo camina a otro paso. Las exigencias de la vida —pagar las cuentas, acudir al dentista, celebrar un aniversario—, existen por una razón y son parte de un ceremonial que deberás cumplir. Te rehusarás a hacerlo y las consecuencias serán tangibles. No llegaré al extremo de recomendarte nada. Al final, somos producto de lo que elegimos cada día y el resultado no debe menospreciarse. Un balance nunca viene mal, de cualquier modo. Avanzar en la construcción de un proyecto literario implica demostrar que nada nos distanciará de él.
Habrá días en que te levantarás con entusiasmo por haber logrado una sola línea. Pero en otros querrás olvidarte de tus lecturas y ser como el resto de los individuos. Elegiste un camino que no tolera la renuncia. Una vez que lo inicias sientes el impulso de llevarlo hasta su fin, así te conduzca directo al fracaso —lo que sea que esto signifique. No pienses que te escribo desde la cúspide del éxito. El calendario marca que tengo treinta y cinco años. Ya no soy joven aunque tampoco un viejo. He aprendido ciertas astucias. Di a conocer algo de mi producción literaria y no soy el último de la lista. Mi aprendizaje aún no termina. Anhelo hacer muchas lecturas más y asimismo olvidar algunas que ya no me parecen beneficiosas. Porque es falso ese integrismo que postula que toda lectura es buena en sí misma. Muchos libros pueden ser perjudiciales en cierta etapa de una carrera de lector. Jamás le daría Finnegans Wake a un joven que desea formarse como escritor. Lo desanimaría al grado de que podrían abandonar su tentativa y, no obstante, es un libro de primer orden. Tampoco le acercaría La muerte de Virgilio o la narrativa de Thomas Bernhard. Cada quien establece su tiempo para llegar a ciertos autores fundamentales. Un acto que, por otro lado, tampoco es obligatorio. No imagino a Miguel Hernández leyendo libros formalmente complejos. Afrontar la vida es otro modo de lectura. La sucesión de hechos humanos es una narrativa continuada que debe interpretarse según el estado de ánimo. No deberá desilusionarte que los demás te ignoren. Que les parezca natural que un joven quiera escribir y pasen de largo ante tu anhelo. Sé fiel a tu proyecto y concéntrate en lograr más páginas. Este será tu entrenamiento. Tu determinación te llevará a la Facultad de Filosofía y Letras y ahí afilarás tu criterio de lector, cualidad imprescindible para ejercer la crítica y la autocrítica. Te doy aliento para continuar y ahora yo mismo necesito que alguien me lo proporcione. Se publicaron cuatro libros míos en dos años. Cumplo con una meta personal y una aspiración que venía de años atrás. ¿Qué sigue? No lo sé. He leído comentarios en la prensa y juicios positivos de amigos. Que si se lee ahí una “propuesta”, que si es un inicio “prometedor”, que si el estilo es “diáfano y notable”. Estos comentarios pueden ser una jaula de miel. Quedar atrapado en el azúcar de la adulación puede ser un acicate para bajar la guardia y dejar de lado la tentativa de crear objetos más arriesgados. La tradición literaria no avanza debido a los aplausos, sino al vapuleo constante y la agitación provocadora. Deberás enfrentarte, además, a un momento editorial que privilegia la novela por encima de las demás modalidades de escritura. El aforismo, el cuento y la narrativa breve atraviesan un periodo de marginación. Y aún con todo se seguirán practicando, a la manera de un culto secreto. Quizá tengas el valor de escribir con firmeza e ignores estas directrices editoriales. Yo lo hice y me retrasó la publicación de algunos libros. Serás leal a la idea del viaje como estallido narrativo. Entreverás en el acto de hacer una maleta cierta expresión sutil del autoconocimiento. Porque salir es entrar y olvidarse de toda posibilidad de llegar a la silueta elusiva del yo. Esto es algo que yo descubro ahora mismo, así que prefiero no restarle emoción al trayecto. Iniciarás libros con entusiasmo y luego los abandonarás. Terminarás concretando los menos pensados y se aguzará tu capacidad para tramar. Ya no será necesaria una historia prevista para iniciar un relato: aparecerá según la escribas. Después de los treinta y cinco años se escribe porque es un oficio o una pasión imposible de sosegar. Éste será tu caso. Te ganarás la vida ejerciendo otros oficios y lo que llaman la “profesionalización de la escritura” te será tan ajeno como la astrofísica. Cada que tomes una pluma se abrirá una galaxia por descubrir. La palabra será cómplice de un culto que te llevará por veredas inusitadas. Cualquier actividad que emprendas, así sea ir a comprar un kilo de tortillas, podrá ser una ocasión para darle vida a otro artefacto de palabras. Entonces lucharás contra el tiempo y la fugacidad, la urgencia y los pendientes, la salud y los requerimientos de familia. Se refiere que se escribe en soledad y esto es cierto. Lo que no dicen es que la sociedad conspira para que no escribas. Aquí hay una tensión que deberás superar so pena de perder tu salud mental. Deberás atender compromisos sociales y otros menesteres. El entorno se organiza para retirar a las personas de actividades que requieren silencio y dialogo interior. Escribir es alejarse, ya lo sabes para ese momento. No hay línea que no se haya ganado en medio del tumulto y el sobresalto. Los párrafos se cosechan. En un primer momento se plantan las palabras y según volvemos y se riegan con adiciones y sugerencias, germina un fragmento de significado que puede ser revisitable, incluso para su autor. Así con cada párrafo que sutures para lograr un organismo más complejo.