Crítica, General, Poesía

El verbo en la entraña: Ingrid Valencia

Luego de meditar sobre cómo debe transmitirse el oficio poético, concluyo que la primera lección es ser enfático en que la sola acumulación de versos no logra un poema de largo aliento. Tampoco emplear una numeración romana para generar la ilusión de un catálogo, con una forma primaria de elementos dispersos, escritos en tiempos y lugares disímiles. Los buenos lectores reconocen la diferencia entre el gato y la liebre.

No refiero que una compilación de esa naturaleza carezca de valor poético o estético, quizá lo tenga, pero está lejos de ser un poema de largo aliento tal como lo prescribe la tradición literaria occidental en la mayoría de las lenguas. La búsqueda de la unidad es imprescindible para llevar a buen puerto una gesta de esa naturaleza.

Me complace hallarme que Blues Holes (2019) de Ingrid Valencia, una de las poetas que más valoro en la actualidad, asuma el riesgo de labrar una formación rocosa con un sello tan personal. Utilizo el adjetivo de “rocosa” porque a lo largo de sus páginas uno experimenta ese sosiego y placidez que transmite el internamiento en una gruta, lograda con el paso de los años y sin miedo alguno al correr de los días.

Sigo la obra de Valencia desde varias entregas atrás, y además la escucho leer sus poemas en los clips de sonido que comparte en las redes sociales. Lo que digo es que leí Blues Holes con su voz. Es una experiencia diferente por entero a la sola lectura de un poema: es la vivencia más cabal de la comunicación con el autor de un texto. Anoto que le preocupa el ritmo y la imagen, un díptico de obsesiones cada vez menos frecuentes en un ecosistema literario empeñado en pelearse a golpe de versos en contra de las inclemencias que generan los problemas políticos. Un empeño cuya insistencia termina por ser una arbitrariedad para la cual conviene recordar aquella línea de W. H. Auden dicha en un programa de televisión: “Nada de lo que escribí pospuso la guerra ni cinco segundos”.

Me une a Valencia la preocupación por la entraña del ser, por ese conjunto de saberes ocultos y hasta herméticos que dotan a la realidad de múltiples significados. La suya es la mirada de quien intuye la posibilidad de fracturar la realidad. Recorrí las páginas de Blues Holes como quien se interna en un espacio reconocible aunque remoto, como una persecución de la luz mediante las huellas de una voz que avanza con la ayuda de imágenes que se transfiguran y actos que, a su vez, se vuelven imágenes. Todo el oficio del poeta en un despliegue de variaciones formales en el que la música y la luz resultan esenciales para ampliar la conversación. Es un poemario en el que el poeta se pregunta, a la manera del perro que da vueltas sobre su cama antes que echarse, salvo que aquí la voz nunca deja de orbitar sobre sí misma. Y sigue, una y otra vez, sigue. Es un aliento que anticipa la aparición del enigma ya que verbalizarlo lo hace visible para los demás.

En sus páginas se intercala el apunte lírico, el poema en prosa, la anécdota que se transforma en sugerencia, el aforismo que sólo es en tanto que así se admite, la línea que es una navaja de va de un lado a otro de la página y la hace sangrar. En su modo mágico de desplegarse ante los ojos y oídos del lector, cada párrafo reinicia Blues Holes, con lo que admitiría una lectura aleatoria propia de la estética de Fluxus. Permite que el lector dance con libertad y extraiga la energía que necesita para cruzar los días.

En su vocación por ser una secuencia de apariciones, brotan las imágenes como fuegos artificiales que detonan para iluminar el cielo de la poesía mexicana, en que habitan nubes y nubarrones que lejos de impedir el despliegue técnico, lo alientan y se mueven de su posición de forma voluntaria. Valencia, atenta de los misterios, se reafirma como la voz que persiste en dar la espalda a las concesiones que orillan a la poesía confesional, pueril, aún barnizada por los ecos coloquiales. Aquello terminó porque la poesía debe continuar con su exploración de la vivencia íntima del hombre. Y, bendito Dios, tampoco hay ninguna forma de victimismo femenino sino una voz que exige ser desanudada para que entregue lo mejor de sí. No será necesaria una caja de pañuelos para esta lectura providencial. Celebremos.

“Nada es nuestro”, encuentro en unas de las líneas. También, más adelante: “Yo habito en dios”. Y es que sin mostrarse de una manera visible como un poemario que buscar rasgar el hilo que oculta la realidad aparente para atisbar la auténtica realidad, la Otra, Blues Holes expresa preocupaciones del espíritu, eso que Valencia llama la “sed de lo inacabado”. De nuevo brota el debate entre el hombre y lo sagrado.

La búsqueda de la luz, por ejemplo, es un detonante para la escritura, lo mismo que la conciencia de que se escribe desde una fisura del tiempo que puede concluir en cualquier momento. Estamos ante un poemario que busca un espacio, geográfico, mental, anímico, espiritual. Es célebre aquel episodio de Las enseñanzas de Don Juan en que el indio yaqui pide a Carlos Castañeda que busque su sitio en el zaguán “sintiéndolo con los ojos”. El aprendiz apenas entendió lo que debía hacer y pasó horas en la incomprensión.

Buscar nuestro sitio en el espacio es la prueba más dura del ser porque ambos son infinitos: el espacio y el ser. Aquel episodio fue una prueba que un occidental escasamente pudo dilucidar porque nuestro modo de entender las posibilidades del espacio es funcional, racionalista e intelectual. Otorgamos valor si podemos dar uso a los objetos. Así de triste.

Entonces Blues Holes propone al lector la búsqueda de un espacio para refugiarse. Ofrece salidas, en cada línea, pero el trabajo de salvamento es individual, no importa lo que cualquier gurú improvisado pueda afirmar con tal de cobrar por adelantado. Anticipo que este poemario será un hito de nuestra literatura y los años revelarán que no sólo deberá reeditarse en el corto plazo sino que deberá ir acompañado con un aparato crítico para visibilizar las referencias y cada segmento del poema para el lector ajeno a la tradición oculta. Por lo pronto, nos corresponde celebrarlo con el mejor gesto.

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Crítica, General, Narrativa

El gabinete de Vega Zaragoza

Una literatura nacional es producto de una lenta decantación. No es producto de los premios, las ventas (pocas o muchas), el número de publicaciones, traducciones y demás supersticiones del gremio literario. A ese proceso de decantación concurren en primer término los escritores con sus obras, después los lectores espontáneos y profesionales, los críticos literarios y, finamente, la academia a partir de metodologías y procedimientos que aspiran al análisis técnico objetivo y hasta científico. Sólo después de ese largo proceso, se logra una gota de obra literaria canónica.

De manera adicional, la consigna de entusiasmos de los escritores por la obra de sus colegas, vivos o muertos, auxilia en la calibración de aportaciones sin par o de ejercicios literarios que si bien ameritan ser conocidos, su gramaje es ligero por lo que hace al enriquecimiento de la tradición literaria. Hay heroísmo en esa labor, pues lo común es que se lean los libros ─cuando así sucede─, y cualquier expresión celebratoria o condenatoria se mantiene a ras de (sobre)mesa.

Guillermo Vega Zaragoza (Ciudad de México, 1967), presencia indiscutida en las letras mexicanas, que lo mismo se mide en el ensayo, la poesía y la narrativa, entrega a la imprenta una reunión de fervores con un título indispensable: La tertulia. Ensayos sobre literatura mexicana (2019). La biografía de un escritor está en sus obras, refiere aquella línea vuelta lugar común, aunque agrego que igualmente está en sus lecturas pese a que no tengan un eco palpable en sus obras. El escritor lee para vivir. De otro modo es una planta sin agua. Lo que leemos nos constituye más allá de lo admitido y moldea el proyecto de un escritor hasta el punto de orillarlo a un golpe de timón a medio viaje trasatlántico. La gran aventura del escritor está en los libros.

Anoto el acierto del título porque la conversación aporta elementos fundamentales para la comprensión del presente. Vega Zaragoza en estas páginas abre su gabinete de curiosidades para permitirnos un atisbo del temple clásico de sus lecturas y, más relevante aún, el ojo afectuoso con que vuelve a las páginas que lo han “tocado”, como él mismo expresa. Esta selección sólo es un muestrario, que me consta porque lo leo y con su tarea de años ya se habrían juntado diversos volúmenes de ensayos. También, y esto no es poco, que lee con una mirada investigadora aunque nunca inquisitiva, curiosa pero apenas invasiva, celosa del hallazgo y celebratoria para compartirlo con la tribu literaria. Virtudes cada vez menos fáciles de hallar en un entorno de vanidades y murmullos.

La mala reputación de la crítica ─algo justificada para ser honestos─ juega malas pasadas a los libros de ensayo con apuntes críticos. Por suerte Vega Zaragoza pasa de largo ante la posibilidad de atizar cualquier forma del chismorreo o versiones sin confirmar de la historia literaria. La tertulia es un viaje personal alrededor de un producto social de enorme impacto para la manutención de la identidad: la literatura. Es un recorrido que anda entre siglos e inicia con Martín Luis Guzmán y anda hasta Ruy Xoconostle, además de otros autores que hoy mismo son frecuentes en las mesas de novedades. De manera casual encuentro este párrafo de Nicolas Bourriaud en su Estética relacional:

“La actividad artística constituye un juego donde las formas, las modalidades y las funciones evolucionan según las épocas y los contextos sociales, y no tiene una esencia inmutable. La tarea del crítico consiste en estudiarla en el presente”.

Y es lo que hace Vega Zaragoza en La tertulia. La estudia amorosamente para relacionar los elementos que brotan sin orden en un presente infinito, para dar una estampa que ofrece la oportunidad de divisar un perfil de una literatura que conoce al dedillo. Porque debe decirse: Vega Zaragoza, y esto es patente en estas páginas, siente afecto y pasión por la literatura mexicana, más allá de ser parte de ella. Es una constelación de signos que le ofrece el confort necesario para tramar la suya, a partir de su experiencia, además de las historias sin las cuales no podría entenderse con el teclado para escribir. Cada escritor es dueño de su reino.

Leo en estas páginas la confesión de la pasión crítica (ya un mérito por donde quiera vérsele), pero en una vertiente del inteligente curioso que escruta para averiguar más sobre el objeto que para sopesarlo en relación con otros objetos. Esto es: dudo que a Vega Zaragoza le venga bien el sambenito de “crítico” ─al parecer imposible de lavar, cual si fuera un pecado venial─, y su labor en este volumen se acerca más al discurrir de un lector atento que medita sus páginas y cuida las palabras, con la pericia de un agricultor que sabe cuándo lloverá y además cuánto. No es la tarea de quien compara una lluvia y otra sino la de quien celebra que suceda cuando tenga que hacerlo.

No refrendo la totalidad de sus opiniones sino su gentileza para darles contundencia. Sus juicios sobre la obra narrativa de Guillermo Arriaga me parecen apresuradas. Mismo caso de Antonio Malpica, que se ha decantado por la explotación de una literatura de consumo que poco aporta a las letras nacionales. La tertulia es un libro celebratorio del gusto personal. Lo que es irresistible, sin embargo, es agotar sus páginas para atestiguar cómo dispensa los adjetivos, salta por encima de ciertas obras y, de manera sutilísima, acentúa lo que le parecen atributos que no pueden hallarse en otros autores. Refiero que el heroísmo de Vega Zaragoza no es menor. Antes que dar a la imprenta otro libro de poesía o narrativa, eligió radiografiar las lecturas que, a su vez, nutren sus otros registros literarios. Es una manera infrecuente de rendir un homenaje a escritores que acaso sin saberlo nos brindaron una experiencia memorable. Así que vuelvo a la metáfora de la decantación para el armado de un canon nacional, ese líquido esencial. El calor para la cocción que aporta Vega Zaragoza es indispensable en estas páginas.

Con justificado entusiasmo daría un ejemplar de La tertulia a los extranjeros interesados en nuestra literatura y les diría: “sigue esta brújula para que no te pierdas”. Años después me lo agradecerían y a él, si son atentos, más aún.

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Crítica, General, Narrativa

Más del culto a la violencia en la narrativa mexicana con Luis Jorge Boone

Con motivo de su gestación, a partir de un hecho traumático, la literatura mexicana germina con una innegable predisposición a registrar la violencia. Al ser una condición esencial, esa preferencia no se percibe como una anomalía sino como un gesto sin el cual resulta imposible entender la realidad nacional. El choque de las varias culturas que poblaban el territorio que hoy es México a la llegada de los españoles, motivó que la épica cobrase fuerza en el discurso literario, lo mismo en su vertiente poética que narrativa a través de las crónicas de indígenas y españoles. En ellas se hizo un primer esbozo de la realidad social y política de lo que sería el nuevo continente. Fue un despertar social, político y literario marcado por la violencia.

Esa condición no ha cambiado y desde esa coordenada —la violencia ejercida sobre el otro—, puede leerse no sólo la literatura nacional sino también el resto de las artes en la actualidad. Incluso cuando no existe violencia en el discurso, es porque se evita de manera voluntaria como si fuese un principio estético. Es un eje por el que se cruza o se evita pero siempre está presente. Al modo de una pandemia, las historias del periódico, aquellas que destacan por su brutalidad, saltan a la novelística de los autores y dejan de lado el acicate de cualquier ejercicio de imaginación, retratan con cierto culto al viejo naturalismo las perfidias, injusticias y pifias sociales producto de la mala distribución del ingreso, la miseria de los márgenes y el abandono de poblaciones enteras que deben ser atendidas por el Estado antes que por los escritores.

Parece que emerge una nueva modalidad del escritor con una pátina de compromiso social: aquel que ejerce su arte con alguna estilización y lo pone al servicio de lograr relieve sobre una problemática social. Y nada más. Es la versión edulcorada del escritor “comprometido” del siglo pasado, que tiene acceso a la prensa internacional pero que no ejerce mayor activismo que redactar algún post efímero y simpaticón en las redes sociales —con la opinión generalizada que flota en el ambiente, con lo cual el riesgo es mínimo—, aunque siempre alerta de no poner en peligro su lugar privilegiado en el aparato cultural. Son opiniones controladas en un entorno de pensamiento único, por lo que se aceptan con tanta facilidad como falta de crítica.

Entre la narrativa mexicana actual, Luis Jorge Boone (Coahuila, 1977) despertó algún entusiasmo con la publicación de Figuras humanas (2016) por su distanciamiento de la consabida celebración de ese “norte” quimérico —una región fabulosa que intentan diferenciar del resto del país a toda costa—, para adentrarse en el territorio microscópico de las relaciones de pareja, quizá el infierno más caliente que pueda existir y uno de los asuntos más espinosos a los que pueda enfrentarse un escritor. En el encuentro casual de dos personas sucede todo el hecho humano, sea en el día a día o en los minutos en los que el azar los acerca por cualquier motivo. En esas páginas acertó Boone. Su mérito es elegir las variables que generan un conflicto, salvo que nunca se resuelve para satisfacción de los lectores, mudos en el cierre de cada relato.

Las piezas que integran el volumen se recorren gustosas por su velocidad sintética (frase corta “carveriana”, con la voz de un policía de novela noir, por lo común), y por la capacidad de Boone para jugar con la ambigüedad, la notable creación de atmósferas sexuales y una inteligente dosificación del argot “norteño” que les permite ser leídas también en cualquier otro ámbito de la lengua española. Esto debe celebrarse, ya que a fecha reciente volvió aquella mala práctica de los escritores de la Onda de transcribir toda suerte de temeridades lingüísticas, utilizadas tan sólo en las ocho cuadras de la colonia en donde nacieron, lo que hacía imposible leer dichas obras. En Figuras humanas hay respeto por la lengua española y también por los lectores.

Como sucede con cualquier libro de relatos hay piezas de notable manufactura, como “Taxis bajo la lluvia” o “Culpa de nadie”, mientras que otras se intuyen apresuradas, lejos de la temática que la editorial ofrece en la amplitud del título, en donde cabe prácticamente cualquier experiencia del hombre. En sus momentos menos afortunados, Figuras humanas es un libro de registros con calidades diferenciadas, pese a los milagros que pueda realizar el mejor editor. Se lamenta, por otro lado, la estandarización en el uso de la frase, que se acorta lo más posible, acaso con la intención de llegar al lector menos experimentado, aquel que después de la tercera coma ya perdió al sujeto de la acción y, por lo mismo, abandona el libro a medias para obsequiarlo sin mayor entusiasmo.

Quizá por la velocidad con la que debe entregar los originales a la editorial, Boone ha dejado de buscar un estilo para explotar el que ya le ha dado algún reconocimiento, tanto en premios literarios nacionales como en ventas —al parecer sus búsquedas primarias—, ambos aspectos relevantes si tu objetivo es ejercer la literatura como una carrera de obstáculos en la que la consolidación se logra a golpes del ariete de las supersticiones que la meritocracia impone para el juego literario, hasta llegar a ese punto en que tu tarea como escritor se transforma en la gestión de tu propia obra, antes que seguir escribiendo. En sus líneas generales, el estilo de Boone es populachero, se anida en un registro específico del habla popular para llegar a los lectores y capitaliza los efectos de la violencia en la sociedad mexicana actual. Desde la intersección de esos elementos puede leerse casi la totalidad de su obra publicada a este momento. Parece temprano hacer una elección semejante, pero cada escritor es una huella digital y la literatura es un terreno generoso que admite cualquier posibilidad de interacción.

En fechas más reciente, con Toda la soledad del centro de la Tierra (2019), Boone regresa a sus preferencias más regulares para subrayar a la violencia como un mal endémico de la sociedad mexicana. Sin mencionar la palabra “narcotráfico”, “desaparición de personas” o similares, un pueblo es azotado por una fuerza que genera dolor y miseria, pobreza y orfandad, entre otros, al Chaparro, el protagonista de la historia, un niño a cargo de la denominada Güela Librada (sic). El Chaparro trata de abstraerse del entorno de violencia y anda en busca de su identidad, en medio de un paisaje en ruinas.

La lectura más provechosa que puede hacerse del libro es imaginar que se escribió con un sello “ballardiano”. Que no son ni el narcotráfico ni el crimen organizado los responsables de esa orfandad que no sólo es la de un menor, sino la de un pueblo entero. La posibilidad que ofrece de ser leída más como amenaza apocalíptica que como otro retrato de la violencia en el país (¡otro!), podría salvarla de llegar al mismo estante al que están condenadas esta clase de novelas, que ya se reproducen idénticas, sin importar que sean llevadas al cine y se vendan como alebrijes narrativos para editores extranjeros.

Otra posibilidad —aunque cualquiera que se intente será atributo del lector— es recorrer el libro como si se tratase de una pesadilla, en la que un país entero, sumido en un problema de violencia interminable, busca con desesperación una salida que en realidad no existe. Franz Kafka y Alfred Jarry como guías de lectura. Así, a la manera de un permanente andar a tientas, los protagonistas se miran unos a otros con signos de interrogación; su única posibilidad es esconderse antes de que “ellos” vengan por ti y maten a tu familia. La imaginación es generosa y puede ser utilizada incluso en contra de las intenciones de un autor.

Intuyo, no obstante, que es una novela escrita para las personas que padecen ese problema social de manera directa y que es, a su modo, el retrato de una familia ampliada y que las ausencias son un recuento pormenorizado de los muertos, desaparecidos e inocentes que fueron a buscarse un mejor futuro y ya no regresaron. Si éste fuera el caso, Toda la soledad del centro de la Tierra, sería el relato más fidedigno hasta la fecha para lectura y regocijo de pueblos enteros o segmentos de colonias que no logran sacudirse el flagelo de la violencia, cualquiera que sea su origen. Es un libro triste, de perfil agónico, en el que sobrevivir siempre es una moneda al aire.

Lo que parece claro es que Boone ya encontró su fórmula y es fácil anticipar que con demasiada regularidad pondrá en la mesa de novedades títulos con historias llorosas para ejercitar la autocompasión por el avance de la violencia. Es un adiós (espero equivocarme) al juego que permite la literatura, al menos en la narrativa, que demanda la búsqueda de nuevos caminos para su expansión. Porque este registro de corte realista queda limitado a la transmisión de una historia para ser compartida en la sobremesa, cuando llega el momento de comentar la novela que más publicidad ha tenido en la prensa. Y a otra cosa, porque las imprentas nunca paran.

Abrigo la convicción de que no es deber de los autores buscar nuevos caminos para la literatura, pero asentarse en un estilo de manera prematura refiere la explotación de una estética y es una confesión de alcances. La orfandad de un menor ya es motivo suficiente como para un ejercicio de lectura llorosa y Boone emplea las mejores herramientas del oficio para lograr que esa orfandad, producto de la violencia, sea la más dolorosa que pueda describirse. Ignoro si es lector de Dickens, pero hay algo de aquellos niños del Londres decimonónico que despiertan a la conciencia en medio de un mundo lleno de violencia y adultos con intereses en la sombra, laborando dieciséis horas al día. Todos perdidos, a palos de ciego, en una secuencia de días que parece no tener final. Anoto una preocupación: una editorial grande y transnacional ofrece la oportunidad para llegar a más lectores, aunque también la de magnificar un tropiezo o, peor aún, estandarizar a un autor en un registro determinado. Es un riesgo que se corre pese a que los adelantos y regalías puedan ser generosos.

Elijo para mí la silueta del escritor que no deja de buscar registros, pese a que puedan ser paradójicos para los lectores o incluso impublicables. Tal es mi anhelo de relacionarme con la literatura y, que la excepción confirme la regla, es el tipo de escritor que genera modificaciones en las estructuras. La palabra es un terreno más amplio que la mera venta de libros, extraño mérito en un país sin lectores. Quizá Boone ya eligió un camino, lo que debe respetarse, lo mismo que señalarse con tanta urgencia como oportunidad.

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