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galaxias de sensaciones
en la palma de mi mano
que dan cobijo a la memoria,
sonidos tan familiares
como un bostezo maternal,
amanezco a la infancia
bajo las imágenes
de un sol inclemente
en el Estado de Morelos,
tierra de fiera luz y castidad
Cuernavaca, enclave solar:
racimos de buganvilias,
alacranes güeros
debajo de las piedras,
caras de niño
y polillas de aspecto brutal,
lagartijas sobre las bardas
manchadas de óxido
por el exceso de vegetación:
frondosidad sin límites
entonces jugaba con catarinas,
luciérnagas, gusanos,
insectos sin nombre,
en las noches de sonoridad
debido a los grillos
y a otros insectos danzarines,
amanecer al mundo
en un paraíso de notas
musicales que jamás se repiten
en su molino de ritmos
vuelvo a ese pasado,
a mi lista de caídas,
a las sombras que me persiguen
y de las cuales
ya no podré desprenderme,
porque también ofrecen
cobijo al menesteroso,
al eterno fugitivo,
brindan espacio para guardar
la imagen de aquellos frijoles rojos
no puede renunciarse
a lo que tan sólo se anheló,
los suspiros no tienen dueño,
ni aún el aire
puede reclamarlos para sí,
vuelo a mi alrededor
con ánimo de introspección
y me desplomo sobre los vestigios
de lo que fue mi cuerpo,
hoy convertido en una jaula
ya nadie busca la gracia
y quizá nadie la halló,
habrá faltado entereza
para remover las ruinas
porque la verdad no consume
palabras, ni horas de presidio,
dentro de la visión hueca,
es un ruido de tambores
en la fisura de un nacimiento
que no deja de ocurrir
todo es propiedad
de esa nada sin nombre,
cascadas para humectar
tu secreta luminosidad,
aparición que es beso
y delirio por una canción
que ya no es nuestra,
en la voltereta del entusiasmo
destella el enigma,
reflejo que es un tumulto
cada canción es un límite
de pasiones atinadas,
carnaval a media ciudad
de gritos e inundación
por los elementos más frágiles
del entorno que se troza,
todo se encamina
a ese sosiego menos dulce
que es verídico y sucede
sin apenas interrupción
en el manantial de los aullidos
crezco en una claridad alada
que desciende sobre nosotros
para guiar nuestro camino,
no caigas en el abismo
por cualquier premura,
si tu vicio es la velocidad
y el castigo de las almas
que gritan tu tormento,
abre paso a las fronteras
me derramo sobre mí
hasta el fondo del enigma,
me distraigo fácil,
hago una pausa
para recordar tu nombre,
soy el contorsionista
sin extremidades
fotografiado por alumnos
de la escuela inexistente,
que los ha formado a todos
en las tardes del verano
concluyo sin remedio
que los minutos andan a gatas
cuando fijas tu atención
en las manecillas,
la soledad de los hombres
es la llave de su salvación
ruge el tigre para clarificar
que ni ruge, ni es tigre:
todos somos un rugido
en Cuernavaca y el mundo
tallarse los ojos es un arte,
al igual que mantener
la mirada dulce de quienes
despiertan a la vida,
el segundo que nos estremece
llueve sobre sí mismo
y nos sigue con la vista
hasta perdernos por completo
en el laberinto de las piedras
mis recuerdos ya no crecen
y se mantienen en suspenso,
tal como el ermitaño
a resguardo de sí mismo
y lanza dos mil vítores
para olvidarse del ayer
en la emergencia y la sorpresa,
me instalo en la visión
y vuelvo a los días de sol,
amanecer de toda errancia
en el borde de la ventana
hay una línea de hormigas
que avanza sin tocarse,
me quedo sin hipótesis
para explicar el mundo,
el pasado y yo mismo
en ambas latitudes,
o para intentarlo, incluso,
las hormigas no se tocan
ni detendrán su marcha
me olvido del optimismo
para anticiparme
a cualquier decepción
en la orilla de lo imaginable,
en la cresta del recuerdo
soy una llama que se apaga,
cambio de color,
pero el efecto será el mismo,
el que disponga quien sienta
debilidad por sentirlo
pasé la época de darme pena
a mí mismo y ahora me doy temor,
anochezco sin remedio,
todo lo que nos ocurre
es misterioso, se agazapa
para intentar la huida,
grita en señal de auxilio
si los vidrios de las ventanas
estallan en pedazos,
cierra los ojos o pierde la vista
las lluvias de mayo
no refrescan el ambiente,
el aire hierve y se filtra
en las estancias para sofocar
las apariciones del universo
que se descompone,
por una curiosidad de luces
que gotean cada rayo,
a los atentos e incómodos
que no dejan de rascarse
el espíritu que nos absorbe
también nos prepara
para salir del eclipse
como otra forma del pacto,
no me sorprende la comisura,
ni el perdón de las viudas
que lloran en los portales,
subsisten mundos enteros
por revelar detrás
de cualquier ventana
inserto en la sala de los sacrificios,
ante el desaliento
de los enfermos sin salida,
imágenes de un pasado
que apenas reconozco,
pero es mi semblante, mis manos,
huellas sobre el forraje,
me desbarranco en una caída
que no sucede porque mi lugar
en el sillón es inmutable
me descubro como marioneta
y acepto la voltereta
de todos los destinos
con una sonrisa parecida
a la que nos brota
por un acto espontáneo,
días que parecen segundos
en el que mueren los más débiles,
no por la caída sino
por la confirmación del absoluto
si la muerte no se presenta
a una hora fija,
ya no somos dueños
ni de ese último segundo
que nos descompone
en una secuencia de agonías,
aún espero el camión
que me llevará a la escuela
emplazada en el centro histórico
de esta ciudad de flores
sucedo en ese minuto
que fulgura detrás nuestro
y encallo en la resignación
que me invita a volver
a la Cuernavaca de 1980,
año de mi despertar
a la felicidad de la memoria,
a las imágenes
que no se borran
y nos alimentan cada día