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Esto sucedió una noche
de junio.
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Luego volví a la banca del parque
para escribir lo siguiente:
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Envejezco y cumplo
con severidad
uno de los requisitos
de la edad más triste:
cada vez me asigno
metas más complejas
para incumplirlas
en tiempos más cortos.
El fracaso también admite
modos de especializarlo.
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No soy un hombre triste,
pero a fuerza de haberlo sido
por años,
desarrollé la habilidad
de hacer que otros sí lo sean.
Basta con recordarles
lo que han perdido
(todos han perdido algo),
lo que ya no tendrán
(todos ya no tendrán algo),
lo que dejaron ir
(todos dejaron ir algo).
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El resto es una tarea
compartida
de la memoria y la vida.
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No lamento lo que he callado,
ni lo que he dicho,
sino la suerte fatal
de haberlo dicho
con las palabras erróneas.
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Este es un mal
que oprime a los escritores,
para quienes
lo que sucede en el lenguaje
sucede en la realidad.
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Es falso que el poema
se resista, huya
de nosotros.
Si el poema existe
se abrirá paso
sin pedir permiso
a nadie para brotar.
El escritor es la maceta.
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Quisiera ser un libro viejo,
para llegar al secreto
que los ha hecho subsistir
a los accidentes del tiempo.
Anhelo su sabiduría
en todos los actos
de mi vida.
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Venero sus esquinas
redondeadas
y los subrayados
de lectores casuales.
Quisiera ser un libro viejo,
tal es mi aspiración.
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El sarro, como los hombres,
actúa según el contexto.
El microcosmos del baño
y en especial de la letrina,
es el escenario en el que
el sarro padecerá
las tribulaciones de su destino.
Nosotros, más dinámicos.
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La vida de los hombres
transcurre en la miniatura.
El sarro y la ruina del tiempo
comulgan en un espacio
que es contención centrífuga
de voces incandescentes.
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Pienso en los minutos
que no son míos,
que esta vida me entregó
sin acuse de recibo.
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Interpretemos el sueño de otro,
alucinación que nos lleve
al espejismo de estar aquí y ahora.
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Todo lo que se vive
nos anticipa la ruina:
queda la certeza del final.
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La belleza es una suerte
que no acepta la renuncia
de los arrepentidos
y menos aún de los ateos,
los místicos y los sensuales.
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Señoras, señores:
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Percibo una luz en la lejanía.
Eco que nunca es desconocido:
es una vuelta.
El entorno de agua
se transforma en sonido.
Vivencia que se experimenta
como única.
Es un paso de estafeta.
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Caribdis salió del océano
sin importarle el equilibrio
entre el mundo humano
y el divino.
Aún se recordaba como una ninfa.
La tierra le pareció un lugar entrañable
e hizo lo necesario para adaptarse,
pero lo miraban con horror
y lloraban a su paso.
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El océano jamás volvió
a su plenitud de antaño.
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Seré la roca
sobre la que
nadie edificará
su iglesia.
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Y vio Dios
que todo
era bueno.
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