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Esto sucedió una tarde
de mayo.
*
Luego volví a la banca del parque
para confesarme lo siguiente:
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Llega esa edad,
bancarrota
de las emociones,
camino que se cierra
para los proscritos
de siempre.
De la emoción
al sobresalto
hay sólo un paso.
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Remota intuición
que me lleva
del corredor al presidio,
vista alada
para el resentido.
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Soy un borde que lucha
por hacer el pago
de la apuesta.
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Desenvoltura, corazonada
en la selva
que nos proyecta libres
hacia un espacio
de lamento e ilusión.
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Buscar la vereda oculta.
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Ya no me entusiasma
la forma delicada
de los objetos sublimes,
ni la mano de una mujer
que me acaricia.
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Anhelo el recuerdo
de lo sucedido,
en el virginal encuentro
del eclipse que sorprende
a los viajeros incautos.
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Aquí el hallazgo es cardiaco.
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Perdí la vida
en el empeño inútil,
en el gesto
de arrogancia
que me anticipa
el paso de la anguila
que se enreda
en mis pies.
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Antesala de zozobra
en medio de la vegetación.
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No entiendo
el “arte” actual
y renuncio a siquiera
intentarlo.
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Ya he renunciado
a varios asuntos
de mayor relevancia,
y sus caricaturas
de “obra” no me quitan
ni el sueño, ni las horas.
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La claridad es hipnótica.
Una estancia iluminada
invita a la lectura.
Una estancia a obscuras
invita al erotismo.
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A media luz
puede leerse el libro
de los cuerpos,
que deben estudiarse
con profusión y delirio
para entender la diferencia
entre palabra y silencio.
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Antes dije a mi madre
que me gustaba
construir.
Respondió que debía
ser arquitecto.
En silencio,
sin embargo,
me dije que lo que
en realidad
me apasionaba
era destruir.
Así que no dije nada,
y volvimos a brindar
por otro día
de felicidad y gloria.
*
No conoceré Bangkok,
lo que es tan cierto
como que la muerte
ronda mis pasos.
Y así será porque
nunca iré y no hay
forma de llevarme
por la fuerza.
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Me basta el relato
de los viajeros
que también se aficionan
a contar lo que vieron.
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