Te desaconsejo olvidarte de la pintura. Ernesto Sábato fue pintor y muchos autores notables críticos de arte. Él tenía la teoría de que el pintor ejecuta una actividad menos intelectualizada que el escritor, que debe procesar el lenguaje y además organizarlo. El pintor, por su parte, descubre la forma y la libera. No hay un reprocesamiento previo o posterior. Eso decía Sábato, aclaro. Yo estoy en desacuerdo. Las vanguardias de inicios del siglo XX llevaron a un nivel superlativo la intelectualización de la pintura. Una teoría debía inspirar el alcance de cada cuadro. Estas sutilezas las descubrirás como parte de un interés general por el arte. Lo que importa es apreciar las virtudes de un cuadro como un capital que no todos tienen al alcance. Ignoro si accede a la calidad de virtud, pero es un aspecto inusual en este mundo de velocidad y urgencias. Implica hacer un acercamiento al objeto y arriesgar un juicio sobre su posible significado. Esto en un primer momento, al menos. Luego vendrá hacer juicios sobre el posible valor de una obra. Aquí entrará un periodo fascinante de tu trayectoria creativa que es la crítica, de la que hablaremos más adelante. Por ahora lo que te corresponde es respirar las obras y llegar a la conclusión —como ya lo hiciste—, de que no importa nada más que crear. Un joven aspirante a artista que no se detiene a mirar el cielo para descifrar si el mensaje secreto del cosmos tendrá un alcance limitado. Si la creación no es una muleta para darle otro sentido a los días que corren, entonces es inútil. Deberás asumirte creador como parte de una identidad irrenunciable. La pintura será una de tus preocupaciones habituales, lo cual me parece lógico. Es un feliz vagabundeo entre tentativas para encapsular fragmentos de mundo. Entonces el pincel se transfigura en un arma providencial para alterar el perfil aparente de los objetos. Monet nos enseñó a mirar la luz, lo mismo que Seurat. La perspectiva es una herramienta que te servirá para trazar tus libros. No sólo será sentarse a escribir en medio de un trance hipnótico. Escribirás con un plan previo, dejando poco o nada al azar. La literatura también es un juego de ajedrez y una postulación geométrica de nuestro entorno. Atendemos a formas físicas. Tenemos amoríos poliédricos y la deslealtad es una triangulación de las pasiones humanas. Hay personas cuadradas y, dicen, las historias deben ser “redondas”. Luego descubrirás que el signo que nos define es la espiral. Iniciamos en un punto y seguimos a todo lo largo de una línea que no se interrumpe. Esto es algo que ignoramos, pero que es tan parte de nosotros como estas manos que se detienen a consignar la perplejidad de vivir sin entender la lógica de porqué lo hacemos. De ahí que resulte mágico el discurso filosófico. Ya lo intuiste y por eso te rodeas de libros de Friedrich Nietzsche, Arthur Schopenhauer y Ludwig Wittgenstein. Apenas los entiendes, es natural, aunque intuyes que en esas líneas amanece un posible nuevo sentido para el ser humano. De nada valdría amanecer al mismo escenario, de no ser por la promesa de que ese día, derivado de un acto providencial, la tierra se abra y una voz irreconocible dicte nuevos principios para fundar otro mundo posible. Muchos autores han dibujado, además. Ahí están los trazos de Charles Baudelaire y Jean Cocteau. El diálogo entre palabra y forma visual es irrenunciable. Cruzan sus referentes sin pedir permiso a nadie. La lista es larga: William Blake y Herman Hesse, Federico García Lorca y Rafael Alberti, tantos más. También la poesía visual y concreta se enlista en ese diálogo. No sólo el pincel es el único medio apropiado para lograr comunicación con el hecho visual. El pensamiento es capaz de revelar aspectos en los que el pintor no había reparado, o señalar algunos más que pueden ser un salto al vacío. Tu tarea principal es desconfiar de la historia del arte, de los hitos marcados como obligatorios, de los nombres con mayúscula. Todo lo que existe puede ser relacionado con otro objeto, incorpóreo o verificable. Es otro lujo de la imaginación. No pocas noches quedarás al filo de la cama sin poder conciliar el sueño. Serás preso de temores sobre lo que debes o no emprender. Esto es un primer paso para convencerte a ti mismo de tu capacidad para crear con las palabras. Es un proceso largo y nunca estarás del todo convencido de que lo que haces importa lo más mínimo. Te quedará el consuelo de la disciplina y el trabajo ordenado y no es posible pedir más del hombre, objeto de tantos vaivenes. A la manera de un cuadro de Turner, lo que imaginamos un crepúsculo no es sino la aurora que se asoma con rostro de timidez y hartazgo. Ésta será la batalla de cada página que inicies.
