La noche del veinte de enero de dos mil diecinueve, cerca de la medianoche, viví la experiencia de un conato de infarto. Creí que moriría. Todo se apagó a mi alrededor y lo que parece claro y natural, de pronto se tornó nebuloso. Aquello me hizo replantearme lo que había vivido hasta ese momento: fue un hito. Ya había entrado a mis cuarenta años, que no los sentía como una carga aunque tampoco con esa felicidad que prometen quienes entraron antes a esa década. A partir de ese momento entré de manera voluntaria a un proceso de rehabilitación, que lo mismo incluye la alimentación que los contenidos a los que me expongo. Ya nada sería igual. Todo lo que había creído se modificó de forma radical. Y no se piense que sólo fue el miedo a la muerte, no soy tan vanidoso. Su proximidad me hizo pensar en mi hijo de diez años, que aún necesita a su padre. Luego entraron en la balanza otros aspectos de mi vida, como la escritura y demás proyectos en marcha. Soy un motociclista y sé que puedo morir en cualquier momento, pero si puedo influir en las circunstancias de mi muerte, ésta no sucederá por meros descuidos. Esta será una historia personal de los cambios y sus consecuencias.
