Quien celebra la línea inicial de un libro no termina de leerlo. Diera la impresión de que ese parto liminar determina el ritmo del libro. O su alcance y aspiración. Una línea inicial deficiente puede contener un libro germinal y ese lector que subraya la primera línea —una comodidad por dondequiera que se le mire—, se perderá la lectura de un objeto prodigioso. Este reduccionismo equivale a proponer que el saludo es la persona y que derivado de su énfasis o garbo, vale la pena o no conocer a dicho individuo. Simplificar es una consecuencia de la sobrepoblación de libros. El magnetismo de esa primera línea debe ser tal que resulte imposible retirar la vista de la secuencia de hechos. Ese crítico de la primera línea es un monje recién ordenado. Todo le maravilla y en cada susurro del río imagina la voz del Altísimo. Su entusiasmo es invencible y está fogueado en la lectura de los best-sellers más comentados, esas fábricas de primeras, segundas y terceras líneas. Gobierna la facilidad. Llaman “buena primera línea” a una frase transparente de corte cinematográfico. El lector de a pie aspira al libro que le obsequie una historia para compartir. La primera línea de Finnegans Wake no le dirá nada. No es buena. Carece de magnetismo. Tampoco la que abre La muerte de Virgilio. El apelativo de “buena” deriva de su bondad y transparencia con el lector, más que con valores estéticos o una toma de riesgo. Los libros que ejercen ciertas libertades son sospechosos de conflagración, porque lo bueno es asequible a todos y encarna una representación del sentir popular. Sintetiza los valores asumidos por la colectividad al otorgarle una forma perdurable. En las fronteras del consuelo y la agonía, el púlpito y la soberbia, se erige un punto en el espacio para articular una modalidad del tiempo. Pero el misterio de un libro no termina sino hasta la última línea, luego de varias relecturas. Una página que se juzga irrelevante hoy, puede cobrar trascendencia mañana. Imposible escapar a la tiranía de Heráclito.
