Una literatura nacional es producto de una lenta decantación. No es producto de los premios, las ventas (pocas o muchas), el número de publicaciones, traducciones y demás supersticiones del gremio literario. A ese proceso de decantación concurren en primer término los escritores con sus obras, después los lectores espontáneos y profesionales, los críticos literarios y, finamente, la academia a partir de metodologías y procedimientos que aspiran al análisis técnico objetivo y hasta científico. Sólo después de ese largo proceso, se logra una gota de obra literaria canónica.
De manera adicional, la consigna de entusiasmos de los escritores por la obra de sus colegas, vivos o muertos, auxilia en la calibración de aportaciones sin par o de ejercicios literarios que si bien ameritan ser conocidos, su gramaje es ligero por lo que hace al enriquecimiento de la tradición literaria. Hay heroísmo en esa labor, pues lo común es que se lean los libros ─cuando así sucede─, y cualquier expresión celebratoria o condenatoria se mantiene a ras de (sobre)mesa.

Guillermo Vega Zaragoza (Ciudad de México, 1967), presencia indiscutida en las letras mexicanas, que lo mismo se mide en el ensayo, la poesía y la narrativa, entrega a la imprenta una reunión de fervores con un título indispensable: La tertulia. Ensayos sobre literatura mexicana (2019). La biografía de un escritor está en sus obras, refiere aquella línea vuelta lugar común, aunque agrego que igualmente está en sus lecturas pese a que no tengan un eco palpable en sus obras. El escritor lee para vivir. De otro modo es una planta sin agua. Lo que leemos nos constituye más allá de lo admitido y moldea el proyecto de un escritor hasta el punto de orillarlo a un golpe de timón a medio viaje trasatlántico. La gran aventura del escritor está en los libros.
Anoto el acierto del título porque la conversación aporta elementos fundamentales para la comprensión del presente. Vega Zaragoza en estas páginas abre su gabinete de curiosidades para permitirnos un atisbo del temple clásico de sus lecturas y, más relevante aún, el ojo afectuoso con que vuelve a las páginas que lo han “tocado”, como él mismo expresa. Esta selección sólo es un muestrario, que me consta porque lo leo y con su tarea de años ya se habrían juntado diversos volúmenes de ensayos. También, y esto no es poco, que lee con una mirada investigadora aunque nunca inquisitiva, curiosa pero apenas invasiva, celosa del hallazgo y celebratoria para compartirlo con la tribu literaria. Virtudes cada vez menos fáciles de hallar en un entorno de vanidades y murmullos.
La mala reputación de la crítica ─algo justificada para ser honestos─ juega malas pasadas a los libros de ensayo con apuntes críticos. Por suerte Vega Zaragoza pasa de largo ante la posibilidad de atizar cualquier forma del chismorreo o versiones sin confirmar de la historia literaria. La tertulia es un viaje personal alrededor de un producto social de enorme impacto para la manutención de la identidad: la literatura. Es un recorrido que anda entre siglos e inicia con Martín Luis Guzmán y anda hasta Ruy Xoconostle, además de otros autores que hoy mismo son frecuentes en las mesas de novedades. De manera casual encuentro este párrafo de Nicolas Bourriaud en su Estética relacional:
“La actividad artística constituye un juego donde las formas, las modalidades y las funciones evolucionan según las épocas y los contextos sociales, y no tiene una esencia inmutable. La tarea del crítico consiste en estudiarla en el presente”.
Y es lo que hace Vega Zaragoza en La tertulia. La estudia amorosamente para relacionar los elementos que brotan sin orden en un presente infinito, para dar una estampa que ofrece la oportunidad de divisar un perfil de una literatura que conoce al dedillo. Porque debe decirse: Vega Zaragoza, y esto es patente en estas páginas, siente afecto y pasión por la literatura mexicana, más allá de ser parte de ella. Es una constelación de signos que le ofrece el confort necesario para tramar la suya, a partir de su experiencia, además de las historias sin las cuales no podría entenderse con el teclado para escribir. Cada escritor es dueño de su reino.
Leo en estas páginas la confesión de la pasión crítica (ya un mérito por donde quiera vérsele), pero en una vertiente del inteligente curioso que escruta para averiguar más sobre el objeto que para sopesarlo en relación con otros objetos. Esto es: dudo que a Vega Zaragoza le venga bien el sambenito de “crítico” ─al parecer imposible de lavar, cual si fuera un pecado venial─, y su labor en este volumen se acerca más al discurrir de un lector atento que medita sus páginas y cuida las palabras, con la pericia de un agricultor que sabe cuándo lloverá y además cuánto. No es la tarea de quien compara una lluvia y otra sino la de quien celebra que suceda cuando tenga que hacerlo.
No refrendo la totalidad de sus opiniones sino su gentileza para darles contundencia. Sus juicios sobre la obra narrativa de Guillermo Arriaga me parecen apresuradas. Mismo caso de Antonio Malpica, que se ha decantado por la explotación de una literatura de consumo que poco aporta a las letras nacionales. La tertulia es un libro celebratorio del gusto personal. Lo que es irresistible, sin embargo, es agotar sus páginas para atestiguar cómo dispensa los adjetivos, salta por encima de ciertas obras y, de manera sutilísima, acentúa lo que le parecen atributos que no pueden hallarse en otros autores. Refiero que el heroísmo de Vega Zaragoza no es menor. Antes que dar a la imprenta otro libro de poesía o narrativa, eligió radiografiar las lecturas que, a su vez, nutren sus otros registros literarios. Es una manera infrecuente de rendir un homenaje a escritores que acaso sin saberlo nos brindaron una experiencia memorable. Así que vuelvo a la metáfora de la decantación para el armado de un canon nacional, ese líquido esencial. El calor para la cocción que aporta Vega Zaragoza es indispensable en estas páginas.
Con justificado entusiasmo daría un ejemplar de La tertulia a los extranjeros interesados en nuestra literatura y les diría: “sigue esta brújula para que no te pierdas”. Años después me lo agradecerían y a él, si son atentos, más aún.

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