Con motivo de su gestación, a partir de un hecho traumático, la literatura mexicana germina con una innegable predisposición a registrar la violencia. Al ser una condición esencial, esa preferencia no se percibe como una anomalía sino como un gesto sin el cual resulta imposible entender la realidad nacional. El choque de las varias culturas que poblaban el territorio que hoy es México a la llegada de los españoles, motivó que la épica cobrase fuerza en el discurso literario, lo mismo en su vertiente poética que narrativa a través de las crónicas de indígenas y españoles. En ellas se hizo un primer esbozo de la realidad social y política de lo que sería el nuevo continente. Fue un despertar social, político y literario marcado por la violencia.
Esa condición no ha cambiado y desde esa coordenada —la violencia ejercida sobre el otro—, puede leerse no sólo la literatura nacional sino también el resto de las artes en la actualidad. Incluso cuando no existe violencia en el discurso, es porque se evita de manera voluntaria como si fuese un principio estético. Es un eje por el que se cruza o se evita pero siempre está presente. Al modo de una pandemia, las historias del periódico, aquellas que destacan por su brutalidad, saltan a la novelística de los autores y dejan de lado el acicate de cualquier ejercicio de imaginación, retratan con cierto culto al viejo naturalismo las perfidias, injusticias y pifias sociales producto de la mala distribución del ingreso, la miseria de los márgenes y el abandono de poblaciones enteras que deben ser atendidas por el Estado antes que por los escritores.
Parece que emerge una nueva modalidad del escritor con una pátina de compromiso social: aquel que ejerce su arte con alguna estilización y lo pone al servicio de lograr relieve sobre una problemática social. Y nada más. Es la versión edulcorada del escritor “comprometido” del siglo pasado, que tiene acceso a la prensa internacional pero que no ejerce mayor activismo que redactar algún post efímero y simpaticón en las redes sociales —con la opinión generalizada que flota en el ambiente, con lo cual el riesgo es mínimo—, aunque siempre alerta de no poner en peligro su lugar privilegiado en el aparato cultural. Son opiniones controladas en un entorno de pensamiento único, por lo que se aceptan con tanta facilidad como falta de crítica.
Entre la narrativa mexicana actual, Luis Jorge Boone (Coahuila, 1977) despertó algún entusiasmo con la publicación de Figuras humanas (2016) por su distanciamiento de la consabida celebración de ese “norte” quimérico —una región fabulosa que intentan diferenciar del resto del país a toda costa—, para adentrarse en el territorio microscópico de las relaciones de pareja, quizá el infierno más caliente que pueda existir y uno de los asuntos más espinosos a los que pueda enfrentarse un escritor. En el encuentro casual de dos personas sucede todo el hecho humano, sea en el día a día o en los minutos en los que el azar los acerca por cualquier motivo. En esas páginas acertó Boone. Su mérito es elegir las variables que generan un conflicto, salvo que nunca se resuelve para satisfacción de los lectores, mudos en el cierre de cada relato.
Las piezas que integran el volumen se recorren gustosas por su velocidad sintética (frase corta “carveriana”, con la voz de un policía de novela noir, por lo común), y por la capacidad de Boone para jugar con la ambigüedad, la notable creación de atmósferas sexuales y una inteligente dosificación del argot “norteño” que les permite ser leídas también en cualquier otro ámbito de la lengua española. Esto debe celebrarse, ya que a fecha reciente volvió aquella mala práctica de los escritores de la Onda de transcribir toda suerte de temeridades lingüísticas, utilizadas tan sólo en las ocho cuadras de la colonia en donde nacieron, lo que hacía imposible leer dichas obras. En Figuras humanas hay respeto por la lengua española y también por los lectores.
Como sucede con cualquier libro de relatos hay piezas de notable manufactura, como “Taxis bajo la lluvia” o “Culpa de nadie”, mientras que otras se intuyen apresuradas, lejos de la temática que la editorial ofrece en la amplitud del título, en donde cabe prácticamente cualquier experiencia del hombre. En sus momentos menos afortunados, Figuras humanas es un libro de registros con calidades diferenciadas, pese a los milagros que pueda realizar el mejor editor. Se lamenta, por otro lado, la estandarización en el uso de la frase, que se acorta lo más posible, acaso con la intención de llegar al lector menos experimentado, aquel que después de la tercera coma ya perdió al sujeto de la acción y, por lo mismo, abandona el libro a medias para obsequiarlo sin mayor entusiasmo.
Quizá por la velocidad con la que debe entregar los originales a la editorial, Boone ha dejado de buscar un estilo para explotar el que ya le ha dado algún reconocimiento, tanto en premios literarios nacionales como en ventas —al parecer sus búsquedas primarias—, ambos aspectos relevantes si tu objetivo es ejercer la literatura como una carrera de obstáculos en la que la consolidación se logra a golpes del ariete de las supersticiones que la meritocracia impone para el juego literario, hasta llegar a ese punto en que tu tarea como escritor se transforma en la gestión de tu propia obra, antes que seguir escribiendo. En sus líneas generales, el estilo de Boone es populachero, se anida en un registro específico del habla popular para llegar a los lectores y capitaliza los efectos de la violencia en la sociedad mexicana actual. Desde la intersección de esos elementos puede leerse casi la totalidad de su obra publicada a este momento. Parece temprano hacer una elección semejante, pero cada escritor es una huella digital y la literatura es un terreno generoso que admite cualquier posibilidad de interacción.
En fechas más reciente, con Toda la soledad del centro de la Tierra (2019), Boone regresa a sus preferencias más regulares para subrayar a la violencia como un mal endémico de la sociedad mexicana. Sin mencionar la palabra “narcotráfico”, “desaparición de personas” o similares, un pueblo es azotado por una fuerza que genera dolor y miseria, pobreza y orfandad, entre otros, al Chaparro, el protagonista de la historia, un niño a cargo de la denominada Güela Librada (sic). El Chaparro trata de abstraerse del entorno de violencia y anda en busca de su identidad, en medio de un paisaje en ruinas.
La lectura más provechosa que puede hacerse del libro es imaginar que se escribió con un sello “ballardiano”. Que no son ni el narcotráfico ni el crimen organizado los responsables de esa orfandad que no sólo es la de un menor, sino la de un pueblo entero. La posibilidad que ofrece de ser leída más como amenaza apocalíptica que como otro retrato de la violencia en el país (¡otro!), podría salvarla de llegar al mismo estante al que están condenadas esta clase de novelas, que ya se reproducen idénticas, sin importar que sean llevadas al cine y se vendan como alebrijes narrativos para editores extranjeros.
Otra posibilidad —aunque cualquiera que se intente será atributo del lector— es recorrer el libro como si se tratase de una pesadilla, en la que un país entero, sumido en un problema de violencia interminable, busca con desesperación una salida que en realidad no existe. Franz Kafka y Alfred Jarry como guías de lectura. Así, a la manera de un permanente andar a tientas, los protagonistas se miran unos a otros con signos de interrogación; su única posibilidad es esconderse antes de que “ellos” vengan por ti y maten a tu familia. La imaginación es generosa y puede ser utilizada incluso en contra de las intenciones de un autor.
Intuyo, no obstante, que es una novela escrita para las personas que padecen ese problema social de manera directa y que es, a su modo, el retrato de una familia ampliada y que las ausencias son un recuento pormenorizado de los muertos, desaparecidos e inocentes que fueron a buscarse un mejor futuro y ya no regresaron. Si éste fuera el caso, Toda la soledad del centro de la Tierra, sería el relato más fidedigno hasta la fecha para lectura y regocijo de pueblos enteros o segmentos de colonias que no logran sacudirse el flagelo de la violencia, cualquiera que sea su origen. Es un libro triste, de perfil agónico, en el que sobrevivir siempre es una moneda al aire.
Lo que parece claro es que Boone ya encontró su fórmula y es fácil anticipar que con demasiada regularidad pondrá en la mesa de novedades títulos con historias llorosas para ejercitar la autocompasión por el avance de la violencia. Es un adiós (espero equivocarme) al juego que permite la literatura, al menos en la narrativa, que demanda la búsqueda de nuevos caminos para su expansión. Porque este registro de corte realista queda limitado a la transmisión de una historia para ser compartida en la sobremesa, cuando llega el momento de comentar la novela que más publicidad ha tenido en la prensa. Y a otra cosa, porque las imprentas nunca paran.
Abrigo la convicción de que no es deber de los autores buscar nuevos caminos para la literatura, pero asentarse en un estilo de manera prematura refiere la explotación de una estética y es una confesión de alcances. La orfandad de un menor ya es motivo suficiente como para un ejercicio de lectura llorosa y Boone emplea las mejores herramientas del oficio para lograr que esa orfandad, producto de la violencia, sea la más dolorosa que pueda describirse. Ignoro si es lector de Dickens, pero hay algo de aquellos niños del Londres decimonónico que despiertan a la conciencia en medio de un mundo lleno de violencia y adultos con intereses en la sombra, laborando dieciséis horas al día. Todos perdidos, a palos de ciego, en una secuencia de días que parece no tener final. Anoto una preocupación: una editorial grande y transnacional ofrece la oportunidad para llegar a más lectores, aunque también la de magnificar un tropiezo o, peor aún, estandarizar a un autor en un registro determinado. Es un riesgo que se corre pese a que los adelantos y regalías puedan ser generosos.
Elijo para mí la silueta del escritor que no deja de buscar registros, pese a que puedan ser paradójicos para los lectores o incluso impublicables. Tal es mi anhelo de relacionarme con la literatura y, que la excepción confirme la regla, es el tipo de escritor que genera modificaciones en las estructuras. La palabra es un terreno más amplio que la mera venta de libros, extraño mérito en un país sin lectores. Quizá Boone ya eligió un camino, lo que debe respetarse, lo mismo que señalarse con tanta urgencia como oportunidad.
